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La espera y la memoria del otro en la poesía de Pedro Salinas

A Mónica Encinas Fons

Dos de los temas más recurrentes que he encontrado a lo largo de la poesía de Pedro Salinas son la espera de la amada y cómo esta espera estimula la memoria poética del otro, a manera de un otro reconstruido a partir de una serie de elementos oníricos, inefables e impalpables. Un puro éter. Estas observaciones comenzaron tras comenzar a leer un conjunto de textos de Salinas editado bajo el nombre “Víspera del gozo y otros textos del arte nuevo” de la colección Letras Hispánicas de Cátedra. Cabe señalar que estos documentos se encuentran escritos en prosa, una faceta de Pedro que desconocía completamente y que ha ayudado a echar luz en la producción de este poeta. Y a decir verdad, aunque formalmente es completamente diferente a su producción poética en verso, su prosa a penas difiere en cuanto a los contenidos, los valores y los elementos temáticos. Esto me sorprendió, pues la unidad de la obra de Salinas se encuentra consolidada por elementos perfectamente reconocibles.

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Así fue como pude llegar a estos dos elementos ya señalados en el título: la espera y la memoria del otro como puntos en donde confluye la obra poética de Pedro. Los ejemplos más claros de estas dos etiquetas las encuentro en el poema (ya que así fue titulado) “La voz a ti debida”, que puede considerarse como una serie de variaciones acerca de una misma emoción: el ser amado. Esta obsesión de Salinas es una especie de ritornello constante que se teje a lo largo de 70 composiciones. Sin embargo, mi curiosidad se despertó cuando leí un texto llamado “Aurora de verdad”, que se encuentra en “Víspera del gozo y otros textos del Arte Nuevo”, en donde Salinas narra su encuentro con Aurora y el reconocimiento de otra Aurora hecha de la memoria de Aurora, tan diferentes entre sí y de presencias contrapuestas: material e inmaterial. Una soñada y una real.

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Así es como empieza “Aurora de verdad”: “Como la hora señalada eran las diez, Jorge se despertaba las ocho y media. Lo primero que se encontraba, allí a su lado, enorme e impalpable, era la ausencia de Aurora. Ausencia por un momento inexplicable, ya que su amada estuvo toda la noche junto a él, más efusiva y cariñosa que nunca y no había motivo para que ahora, precisamente al abrir los ojos, dejara de verla…”.

La Aurora del sueño es aquella que desaparece a penas abre los ojos el amante, buscando por todas partes esa Aurora que se encontraba en su lecho por la noche, antes del amanecer. Esto me recuerda a uno de los textos de “La voz a ti debida”. A continuación un fragmento:

El sueño es una larga
despedida de ti.

¡Qué gran vida contigo,
en pie, alerta en el sueño!

¡Dormir el mundo, el sol,
las hormigas, las horas,
todo, todo dormido,
en el sueño que duermo!

Menos tú, tú la única,
viva, sobrevivida,
en el sueño que sueño.

Pero sí, despedida:
voy a dejarte cerca,
la mañana prepara
toda su precisión
de rayos y de risas.

Afuera, afuera, ya,
lo soñado flotante,
marchando sobre el mundo,
sin poderlo pisar,
porque no tiene sitio,
desesperadamente.

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Es la mañana el momento de separarse de la amada, ese instante en el que se cobra conciencia de la naturaleza de onírica de Aurora; no obstante, el encuentro con la amada de día, aquel ser material tan diferente a su forma nebulosa, comienza a cobrar sentido. La espera para volverse a encontrar con el ser de los sueños se vuelve una realidad y va cobrando sentido a lo largo de la espera y de lo que ocurre durante esta. En “Aurora de verdad” queda patente de la siguiente manera:

“Pero al llegar frente al cuaderno, dietario, antes de coger la pluma le saltaba a la vista la última frase escrita la noche anterior: “Mañana, a las diez, cita con Aurora”. Y ante el descubrimiento que ese mañana mañana de anoche ya estaba logrado y maduro, como una ciruela en su rama, colgado de los árboles del square, balanceándose sin prisa en el cielo, de que esa mañana era hoy, la tranquilidad renacía con la conciencia, y Aurora, como uno de esos objetos que nos caen de las manos, pero que logramos atrapar antes de que lleguen al suelo, aparecía sin haberse realmente perdido”.

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SI bien “Aurora de verdad” ilustra en su totalidad el despertar, la aurora, tras la noche pasional con el ser amado, la espera es significativa. Tal vez de ahí el título de “La Víspera del gozo…”, al concentrarse en ese tiempo que se encuentra entre la separación y el reencuentro como punto vital de la memoria poética. ¿Qué es lo que va encontrando el poeta mientras se aproxima el placer de retornar a los labios de Aurora? Nada más que fragmentos del día a día, cosas y situaciones en las que se ve reflejada, aunque sólo de manera indirecta. Esto me recuerda a uno de los más célebres versos de “La voz a ti debida”:

Jamás palabras, abrazos
me dirán que tu existías,
que me quisiste: jamás.

Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.

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Hay una memoria aparte en donde vive la amada, lugar donde resucitan todos los anhelos, las pasiones y sensaciones del poeta. No esta la presencia ya de “Aurora”, sino todo aquello que ahora le da significado. Todo esto se va descubriendo poco a poco, mientras pasa la vida y se reencuentra con una figura salida de un vasto rincón de los recuerdos. En “Aurora de verdad” esto se manifiesta así:

“Y aunque la reunión con Aurora era para treinta minutos más tarde, en cuanto salía al bulevar empezaba ya encontrársela. Porque no hallaba a Aurora de pronto, de una vez, por súbita aparición ante la vista, sino poco a poco, por lentos avances, como da el filósofo con la verdad…”

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Esta Aurora” es una diferente a la mujer de la cita: es el regocijo de la espera. ¿No es acaso uno de los más espacios más creativos del poeta, esa cita que de cualquier manera llegara? Es interesante cómo logra reconstruir otra persona diferente, hecha de todo aquello que está en el intermedio. Comienza a dibujarse otra, una figura que conserva los atributos esenciales. En este sentido, una manera de ilustrarlo con claridad son los versos de “Se te está viendo la otra”:

Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
los pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos
todos manchados de estrellas.

Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!

Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.

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El poeta da vida, a la manera de Galatea, a otro ser impalpable, hecho más de él mismo y de su sensaciones, tan diferente de la “Aurora” real, la que espera en el museo. Y es en esta presencia de lo ausente, esta recreación de lo que se ama, el sitio que escogen las palabras para delinear una silueta, un ser imaginado más que idealizado. Esa compañía como la sombra de nuevo aparece en “La voz a ti debida”, cuando el poeta se ve acompañado por otra persona más liviana, capaz de reproducir la piel, la sonrisa, la compañía del ser amado:

¡Qué paseo de noche
con tu ausencia a mi lado.

Me acompaña el sentir
que no viene conmigo.

Los espejos, el agua
se creen que voy solo;
se lo creen los ojos.

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La memoria se desencadena y comienza la nostalgia, esa esencia a la que tanto recurre Salinas como si se tratara de una droga. Este es, a mi parecer, uno de los vicios de su poesía, si bien es lo que más me gusta. ¿En dónde quedó todo aquello que una vez se amó la noche anterior, hace tres semanas, hace un año o hace un momento? Esa huella que sobrevuela la presencia está todo el tiempo en el mundo de lo posible, en la realización de las cosas. Ese eterno “y si…”. Conjurar al ser amado más allá de la carne:

Dime, ¿por qué ese afán
de hacerte la posible,
si sabes que tú eres
la que no serás nunca?

Tú a mi lado, en tu carne,
en tu cuerpo, eres solo
el gran deseo inútil
de estar aquí a mi lado
en tu cuerpo, en tu carne.

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Sin embargo, el hechizo, el sueño, acaba a penas llega “Aurora de verdad” y no ese ser inasible que se vuelca hacia su irrealidad una vez presentidos los labios auténticos, la sonrisa de todos los días. Hay en ese reconocimiento del ser amado una tranquilidad y un desengancharse, momentáneamente” del ser encantado que su memoria y fantasía al fin redujeron a un mero ejercicio poético. Y mientras llega, los nervios, la expectativa antes de despertar y encontrarse con ese ser inevitable:

“Sí, ella tenía que ser. Pero mientras Jorge inclinaba su última duda sobre la silueta fugitiva y perdida, Aurora, sin que él la sintiera, había entrado en la sala. «Vengo un poco tarde, ¿verdad?». Retumbaron las palabras por encima de aquellos paisajes desiertos, llegaron a Jorge amplificadas, prolongadas por el eco que suscitaron en un Amanecer entre rocas que había colgado a la izquierda… Y lo que tenía delante, intacta y novísima, en la virginal pureza del paraíso, tendiéndole la mano, contra costumbre sin guante, era la vida de hoy, la Aurora de verdad”.

Pintura de portada y pinturas de la entrada:  Edward Hopper.

 

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El amor descompuesto en Charles Baudelaire

Charles Baudelaire, el poeta maldito de Francia del siglo XIX según Verlaine, famoso por  su vida bohemia y de excesos, así como por la visión del mal que impregna en toda su obra, nos deslumbró en Las flores del mal con poemas que se componían de forma orgánica, a pesar de que esto no está tan claro en las ediciones realizadas después de la censura. En esta obra ya podemos ver la teoría de las correspondencias, además de la concepción del poeta moderno como un ser maldito, que es excluido de la sociedad burguesa, entregado al vicio, a las drogas y a la prostitución; sin embargo, en esta búsqueda de excesos sólo consigue el tedio.

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Pues bien, Las flores del mal, publicada en 1857, le llevó a juicio y le supuso la censura de algunos de sus poemas debido su inmoralidad, donde alegó que su obra debía entenderse en su totalidad, es decir, como un poema total que seguía un orden de finalidades.

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Uno de estos poemas prohibidos es el de Una carroña, dedicado a su amada, en el que describe un día de paseo con ella y se encuentran un cuerpo en estado de putrefacción. Allí, enfrente de ella, le dice que terminará así -al igual que todos nosotros-, pero que no por ello no dejará de amarla por “la forme et l´essence divine” frente a la descomposición real, expresando su amor incondicional a su pareja cuando le confiesa que envidia a los gusanos que la comerán a besos en el momento que se descomponga.

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Una charogne

Rappelez- vous l´objet que nous vîmes, mon âme,
Ce beau matin d´été si doux:
Au détour d´un sentier une charogne infâme
Sur un lit semé de cailloux,

Les jambes en l´air, comme une femme lubrique,
Brûlante et suant les poisons,
Ouvrait d´une façon nonchalante et cynique
Son ventre plein d´exhalaisons.

Le soleil rayonnait sur cette pourriture,
Comme afin de la cuire à point,
Et de rendre au centuple à la grande Nature
Tout ce qu´ensemble elle avait joint;

Et le ciel regardait la carcasse superbe
Comme une fleur s´épanovir.
La punanteur était si forte, que sur l´herbe
Vous crûtes vous évanovir.

Les mouches bourdonnaient sur ce ventre putride,
D´où sortaient de noirs batallons
De larves, qui coulaient comme un épais liquide
Le long de ces vivants haillons.

Tout cela descendait, montait comme une vague,
Ou s´élançait en pétillant;
On eût dit que le corps, enflé d´un souffle vague,
Vivait en se multipliant.

Et ce monde rendait une étrange musique,
Comme l´eau courante et le vent,
Ou le grain qu´un vanneur d´un mouvement rythmique
Agite et tourne dans son van.

Les formes s´effaçaient et n´étaient plus qu´un rêve,
Une ébauche lente à venir,
Sur la toile oubliée, et que l´artiste achève
Seulement par le souvenir.

Derrière les rochers une chienne inquiète
Nous regardait d´un oeil fâché,
Epiant le moment de reprendre au squelette
Le morceau qu´elle avait lâché.

Et pourtant vous serez semblable à cette ordure,
A cette horrible infection,
Etoile de mes yeux, soleil de ma nature,
Vous, mon ange et ma passion!

Oui! Telle vous serez, ô la reine des grâces,
Après les derniers sacrements,
Quand vous irez, sous l´herbe et les floraisons grasses,
Moisir parmi les ossements.

Alors, ô ma beauté! dites à la vermine
Qui vous mangera de baisers,
Que j´ai gardé la forme et l´essence divine
De mes amours décomposés!


Una carroña

Recuerda lo que vimos, alma mía,
esa mañana de verano tan dulce:
a la vuelta de un sendero una carroña infame
en un lecho sembrado de guijarros,

con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
ardiente y sudando los venenos
abría de un modo negligente y cínico
su vientre lleno de exhalaciones.

El sol brillaba sobre esta podredumbre,
como para cocerla en su punto,
y devolver ciento por uno a la gran Naturaleza
todo lo que en su momento había unido;

y el cielo miraba el espléndido esqueleto
como flor que se abre.
Tan fuerte era el hedor que tú, en la hierba
creíste desmayarte.

Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido
del cual salían negros batallones
de larvas que manaban como un líquido espeso
por aquellos vivientes andrajos.

Todo aquello descendía y subía como una ola,
o se lanzaba chispeante
se hubiera dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago,
vivía y se multiplicaba.

Y este mundo producía una música extraña
como el agua que corre y el viento
o el grano que un ahechador con movimiento rítmico
agita y voltea con su criba.

Las formas se borraban y no eran más que un sueño,
un esbozo tardo en aparecer
en la tela olvidada, y que el artista acaba
sólo de memoria.

Detrás de las rocas una perra inquieta
nos miraba con ojos enfadados,
espiando el momento de recuperar en el esqueleto
el trozo que había soltado.

Y, sin embargo, tú serás igual que esta basura,
que esta horrible infección,
¡estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,
tú, mi ángel y mi pasión!

¡Sí! tal tú serás, oh reina de las gracias,
después de los últimos sacramentos,
cuando vayas, bajo la hierba y las fértiles florescencias,
a enmohecer entre las osamentas.

Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos
que te comerán a besos,
¡que he guardado la forma y la esencia divina
De mis amores descompuestos!

Ilustraciones: Otto Dix

El paso inexorable del tiempo en Alphonse de Lamartine

Nacido hacia 1865 en el seno de una familia militar de la pequeña nobleza francesa, Alphonse de Lamartine recibió una educación clásica durante su escolarización, en la cual leyó a Chateaubriand, a Virgilio y a Horacio, además de haber viajado bastante en su juventud. Pero, en 1816, a causa de una depresión, nuestro autor se trasladó a Aix-les-Bains (Saboya), donde conoció a Jules Charles, mujer del físico Jacques Charles, que murió de tuberculosis y a la cual dedicó parte de sus Meditaciones poéticas.

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Lago Brothers Water

Los cargos más importantes que obstento fueron: el primer puesto oficial bajo el gobierno de Luis XVIII en la secretaria de la embajada francesa (desde 1825 hasta 1828); miembro de la Academia Francesa (1829); electo diputado (1833 y 1839); gobernador durante la revolución de 1848 en Francia; ministro de Asuntos Exteriores después de la caída de Luis Felipe de Orleans; y gobernador interino en la recién República (desde el 24 de febrero de 1848 hasta el 11 de mayo del mismo año).

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Lago de Chalain.

Asimismo, dentro su obra poética, cabe señalar esta producción: Les Méditations poétiques (1820), Les Nouvelles Méditations (1823), Harmonies poétiques et religieuses (1830) y Recueillements poétiques.

 

Lagos de Covadonga

Nuestro autor muríó en la pobreza en 1869, en París.

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Lago de Pátzcuaro

Le lac es un poema dedicado a su enamorada, Elvira, en el cual abordaba el tema de el paso inexorable del tiempo con la presencia de la naturaleza salvaje, donde los días de felicidad se van tan deprisa como los de infelicidad, que permanece como ese punto de anclaje y lugar propicio para la intimidad de los amantes (grutas, bosques, la noche, etc.), cuya ambivalencia de la naturaleza aparece en que el lago es reposo y tormenta.


}«Le Lac», Méditations poétiques (1820)

Ainsi , toujours poussés vers de nouveaux rivages,
Dans la nuit éternelle emportés sans retour,
Ne pourrons-nous jamais sur l´océan des âges
Jeter l´ancre un seul jour?

Ô lac! l´année à peine a fini sa carrière,
Et près des flots chéris qu´elle devait revoir,
Regarde! Je viens seul m´asseoir sur cette pierre
Où tu la vis s´asseoir!

Tu mugissais ainsi sous ces roches profondes,
Ainsi tu te brisais sur leurs flancs déchirés,
Ainsi le vent jetait l´écume de tes ondes
Sur ses pieds adorés.

Un soir, t´en souvient-il? Nous voguions en silence;
On n´entendait au loin, sur l´onde et sous les cieux,
Que le bruit des rameurs qui frappaient en cadence
Tes flots harmonieux.

Tout à coup des accents inconnus à la terre
Du rivage charmé frappèrent les échos
Le flot fut attentif, et la voix qui m´est chère
Laissa tomber ces mots:

«Ô temps! Suspends ton vol, et vous, heures propices!
Suspendez votre cours:
Laissez-nous savourer les rapides délices
Des plus beaux de nos jours!

«Assez de malheureux ici-bas vous implorent,
Coulez, coulez pour eux;
Prenez avec leurs jours les soins qui les dévorent,
Oubliez les heureux.

«Mais je demande en vain quelques moments encore,
Le temps m´échappe et fuit;
Je dis à cette nuit: Sois plus lente; et l´aurore
Va dissiper la nuit.

«Aimons donc, aimons donc! de l´heure fugitive,
Hâtons-nous,jouissons!
L´homme n´a point de port, le temps n´a point de rive;
Il coule, et nous passons!»

Temps jaloux, se peut-il que ces moments d´ivresse,
Où l´amour à longs flots nous verse le bonheur,

S´envolent loin de nous de la même vitesse
Que les jours de malheur?

Eh quoi! n´en pourrons-nous fixer au moins la trace?
Quoi! Passés pour jamais! Quoi! Tout entiers perdus!
Ce temps qui les donna, ce temps qui les efface,
Ne nous les rendra plus!

Éternité, néant, passé, sombres abîmes,
Que faites-vous des jours que vous engloutissez?
Parlez: nous rendrez-vous ces extases sublimes
Que vous nous ravissez?

Ô lac! Rochers muets! Grottes! Forêt obscure!
Vous, que le temps épargne ou qu´il peut rajeunir,
Gardez de cette nuit, gardez, belle nature,
Au moins le souvenir!

Qu´il soit dans ton repos, qu´il soit dans tes orages,
Beau lac, et dans l´aspect de tes riants coteaux,
Et dans ces noirs sapins, et dans ces rocs sauvages
Qui pendent sur tes eaux.

Qu´il soit dans le zéphyr qui frémit et qui passe,
Dans les bruits de tes bords par tes bords répétés,
Dans l´astre au front d´argent qui blanchit ta surface
De ses molles clartés.

Que le vent qui gémit, le roseau qui soupire,
Que les parfums légers de ton air embaumé,
Que tout ce qu´on entend, l´on voit ou l´on respire,
Tout dise: Ils ont aimé!


El Lago

Así llevados siempre a nuevas orillas,
sin retorno arrastrados a la noche eterna,
¿nunca podremos en el océano del tiempo
echar el ancla un día?

¡Oh lago!, el año casi ha acabado su curso,
y junto a las olas gratas que ella debía mirar,
¡mírame!, me siento sólo en la misma roca
donde la viste sentada.

Así bramabas bajo estos peñascos profundos,
así te rompías contra sus bordes rasgados,
así el viento echaba la espuma de tus olas
en sus pies adorados.

Una noche, ¿te acuerdas?, bogábamos callados;
sólo oíamos lejos, en el agua, bajo el cielo,
el rumor de remeros tocando en cadencia
la armonía de tus olas.

De pronto, unos tonos extraños a la tierra
hicieron eco en la orilla encantada:
la ola esperó y la voz para mí tan grata abandonó estas palabras:

¡Oh tiempo!, ¡detén tu acoso!, y vos, ¡horas propicias!,
detened la carrera:
dejadnos saborear las fugaces delicias
de los días más bellos.
«Muchos infelices en la tierra os imploran,
corred, corred para ellos;
tomad con sus días las penas que los devoran,
olvidad a los felices.

»Mas pido en vano aún algunos momentos,
el tiempo se va y huye;
le digo a la noche: Ve más lenta; y el alba
va a desvanecer la noche.

»¡Amemos, pues, amemos!, de la hora fugaz,
deprisa, gocemos.
El hombre no tiene puerto, ni tiempo la orilla;
¡él corre y morimos!».

¿Puede el tiempo celoso de los entusiasmos,
cuya dicha el amor vierte por oleadas
ponerlos en fuga, lejos, con la misma presteza
como en los días nefastos?

¡Y qué!, ¿podríamos al menos fijar la huella?
¡Muertos para siempre! ¡No!, ¡por completo perdidos!
Lo que el tiempo nos dio luego lo quitó,
¡y no nos lo devolverá!

Eternidad, vacío, pasado, negros abismos,
¿qué es lo que hacéis de los días que devoráis?

Hablad: ¿nos daréis estos sublimes éxtasis
que nos arrebatáis?

¡Oh lago!, ¡mudas peñas!, ¡grutas!, ¡bosque oscuro!,
a quienes el tiempo salva o rejuvenece,
guardad de esta noche, guardad naturaleza
al menos el recuerdo.

Ya sea en calma, ya sea con tempestades,
hermoso lago, y en el perfil de alegres laderas,
y en los negros abetos y en las rocas salvajes
colgantes sobre el agua.

Ya sea en el céfiro que tiembla y pasa,
en el rumor de tus bordes que otros bordes repiten,
en el astro de plata que blanquea tu cara
con luces suaves y claras.

Que el lamento del viento, el suspiro del junco,
los suaves perfumes de tu aire resinoso,
que todo lo que se oye, se ve o se respira,
todo diga: Han amado.

Portada: Lago de Zirahuén.

La sempiterna espera de Argos, el mejor amigo de Ulises

En memoria de Lucky

Después de veinte años, Ulises, rey de Itaca y marido de Penélope, apareció disfrazado de mendigo en su palacio para recuperar su antigua posición, pues, en ese tiempo, participó durante diez años en la guerra de Troya, y otros diez que transcurrió deambulando por el mar, en su regreso, a su patria.

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Imagen: Flaxman – Odiseo y su perro

Al punto tras reconocerlo Argos, el perro de nuestro héroe, que estaba enfermo y lleno de estiércol por el poco cuidado que recibía de los criados de la casa y los pretendientes que acechaban allí, lo saludó arduamente con la cola, a pesar de las facciones disimuladas por Atenea de su amo con el fin de enfrentarse a sus enemigos sin sospechas; sin embargo, Ulises, al no poder responderle, soltó una lágrima y continuó con su camino, aunque muriera a sus pies.

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Imagen: Schützenberger – El regreso de Odiseo

Esta triste historia, modelo antiguo de fidelidad del can hacia el hombre, la encontramos en el canto XVII (versos 290-327) que los dejamos a continuación:


Texto en griego antiguo

ὣς οἱ μὲν τοιαῦτα πρὸς ἀλλήλους
ἀγόρευον·

ἂν δὲ κύων κεφαλήν τε καὶ οὔατα κείμενος
ἔσχεν,

θρέψε μέν, οὐδ᾽ ἀπόνητο, πάρος δ᾽ εἰς
Ἴλιον ἱρὴν

ὤιχετο. τὸν δὲ πάροιθεν ἀγίνεσκον νέοι
ἄνδρες

αἶγας ἐπ᾽ ἀγροτέρας ἠδὲ πρόκας ἠδὲ
λαγωούς·

δὴ τότε κεῖτ᾽ ἀπόθεστος ἀποιχομένοιο
ἄνακτος,

ἐν πολλῆι κόπρωι, ἥ οἱ προπάροιθε θυράων
ἡμιόνων τε βοῶν τε ἅλις κέχυτ᾽, ὄφρ᾽ ἂν
ἄγοιεν

δμῶες Ὀδυσσῆος τέμενος μέγα
κοπρήσοντες·

ἔνθα κύων κεῖτ᾽ Ἄργος, ἐνίπλειος
κυνοραιστέων.

δὴ τότε γ᾽, ὡς ἐνόησεν Ὀδυσσέα ἐγγὺς
ἐόντα,

οὐρῆι μέν ῥ᾽ ὅ γ᾽ ἔσηνε καὶ οὔατα
κάββαλεν ἄμφω,

ἆσσον δ᾽ οὐκέτ᾽ ἔπειτα δυνήσατο οἷο
ἄνακτος

ἐλθέμεν· αὐτὰρ ὁ νόσφιν ἰδὼν ἀπομόρξατο
δάκρυ,

ῥεῖα λαθὼν Εὔμαιον, ἄφαρ δ᾽ ἐρεείνετο
μύθωι·

Εὔμαι᾽, ἦ μάλα θαῦμα, κύων ὅδε κεῖτ᾽ ἐνὶ
κόπρωι.

καλὸς μὲν δέμας ἐστίν, ἀτὰρ τόδε γ᾽ οὐ
σάφα οἶδα,

εἰ δὴ καὶ ταχὺς ἔσκε θέειν ἐπὶ εἴδεϊ τῶιδε,

ἦ αὔτως οἷοί τε τραπεζῆες κύνες ἀνδρῶν

γίγνοντ᾽· ἀγλαΐης δ᾽ ἕνεκεν κομέουσιν
ἄνακτες.

τὸν δ᾽ ἀπαμειβόμενος προσέφης, Εὔμαιε
συβῶτα·

καὶ λίην ἀνδρός γε κύων ὅδε τῆλε
θανόντος.

εἰ τοιόσδ᾽ εἴη ἠμὲν δέμας ἠδὲ καὶ ἔργα,

οἷόν μιν Τροίηνδε κιὼν κατέλειπεν
Ὀδυσσεύς,

αἶψά κε θηήσαιο ἰδὼν ταχυτῆτα καὶ ἀλκήν.

οὐ μὲν γάρ τι φύγεσκε βαθείης βένθεσιν
ὕλης

κνώδαλον, ὅττι δίοιτο· καὶ ἴχνεσι γὰρ
περιήιδη·

νῦν δ᾽ ἔχεται κακότητι, ἄναξ δέ οἱ ἄλλοθι
πάτρης

ὤλετο, τὸν δὲ γυναῖκες ἀκηδέες οὐ
κομέουσι.

δμῶες δ᾽, εὖτ᾽ ἂν μηκέτ᾽ ἐπικρατέωσιν
ἄνακτες,

οὐκέτ᾽ ἔπειτ᾽ ἐθέλουσιν ἐναίσιμα
ἐργάζεσθαι·

ἥμισυ γάρ τ᾽ ἀρετῆς ἀποαίνυται εὐρύοπα
Ζεὺς

ἀνέρος, εὖτ᾽ ἄν μιν κατὰ δούλιον ἦμαρ
ἕληισιν.

ὣς εἰπὼν εἰσῆλθε δόμους εὖ ναιετάοντας,

βῆ δ᾽ ἰθὺς μεγάροιο μετὰ μνηστῆρας
ἀγαυούς.

Ἄργον δ᾽ αὖ κατὰ μοῖρ᾽ ἔλαβεν μέλανος
θανάτοιο,

αὐτίκ᾽ ἰδόντ᾽ Ὀδυσῆα ἐεικοστῶι ἐνιαυτῶι.


Texto en español

Tal hablaban los dos entre sí cuando vieron un perro
que se hallaba allí echado e irguió su cabeza y orejas:
era Argo, aquel perro de Ulises paciente que él mismo
allá en tiempos crió sin lograr disfrutarlo, pues tuvo
que partir para Troya sagrada.

Los jóvenes luego lo llevaban a cazas de cabras, cervatos y liebres,
mas ya entonces, ausente, ausente su dueño, yacía despreciado
sobre un cerro de estiércol de mulas y bueyes que habían
derramado ante el porche hasta tanto viniesen los siervos
y abonasen con ello el extenso jardín.

En tal guisa de miseria cuajado se hallaba el can; con todo,
bien a Ulises notó que hacia él se acercaba y, al punto,
coleando dejó las orejas caer, mas no tuvo
fuerzas ya para alzarse y llegar a su amo.

Éste al verlo desvió su mirada, enjugóse una lágrima, hurtando
prestamente su rostro al porquero, y al cabo le dijo:
“Cosa extraña es, Eumeo, que yazga tal perro en estiércol:
tiene hermosa figura en verdad, aunque no se me alcanza
si con ella también fue ligero en correr o tan sólo
de esa clase de canes de mesa que tienen los hombres
y los príncipes cuidan, pues suelen servirles de ornato.”

Respondístele tú, mayoral de los cerdos, Eumeo:
“Ciertamente ese perro es del hombre que ha muerto allá lejos
y si en cuerpo y en obras hoy fuese lo mismo que era,
cuando Ulises aquí lo dejaba al partirse hacia Troya,
pronto echaras tú mismo de ver su vigor y presteza.

Animal que él siguise a través de los fondos umbríos
de la selva jamás se le fue, e igual era en rastreo.
Mas ahora su mal le ha vencido: su dueño halló muerte
por extraño país, las mujeres de él no se acuerdan
ni le cuidan; los siervos, si falta el poder de sus amos,
nada quieren hacer ni cumplir con lo justo, que Zeus
el tonante arrebata al varón la mitad de su fuerza
desde el día que en él hace presa la vil servidumbre.”

Tal habló, penetró en el palacio de buena vivienda
y derecho se fue al gran salón donde estaban los nobles
pretendientes; y a Argos sumióle la muerte en sus sombras
no más ver a su dueño de vuelta al vigésimo año.

Imagen de portada: Theodore van Thulden – Ulysses, Disguised as a Beggar, Recognized by his Dog Argus

Biografías poéticas: poetas del Al-Andalus, segunda parte

Luego de un breve periodo de descanso, continuamos con nuestros contenidos habituales. Prometemos ser más constantes, queridos lectores. Y para retomar actividades, presentamos la segunda parte de esta serie de poetas que vivieron durante este periodo de la antigua Península. Es el turno de Ibn al-Haddad, uno de los poetas cortesanos más reconocidos debido a su cultivo de las artes en general, además de la matemáticas, la filosofía y la teoría musical, destacando por ser un hábil compositor de laúd.

Agua y fuego

Mis párpados nada más ver a Muwayra son rojo con fuego,
fuego que me quema, que no es lo que yo pido.

Agua tú eras, como el agua que en mis manos sostengo
y fuego eres para mí, que mantengo en mis entrañas.

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Cautivo Romántico

De verdad son mi llorar y mi suspirar rítmicos.

Confieso que lo que tengo dentro de mí es igual.

¿Por qué he de ocultar yo lo que es sistemático
si la palidez lo manifiesta en mí como auténtico?

¡Cómo obtener la satisfacción del amor tiránico,
si mi corazón es un cautivo romántico!

Nasir al-Mulk moschea


Al rojo vivo

Que tus ojos me hieren en las entrañas al rojo vivo
como mis ojos te hieren en las mejillas al rojo vivo.

Herida por herida: ¡por una sobre otra y que seas feliz!

Estoy herida por tu súbito abandono. ¿Cuál es la razón?

Nasir al-Mulk moschea


Fotografías: Nasir al-Mulk en Shiraz, Irán.

Biografías poéticas: poetas del Al-Andalus, primera parte

En la Villa de los Papiros buscamos poner al alcance de nuestros lectores lo mejor de la poesía universal. Por ello, comenzaremos con una breve selección de los mejores autores de ese periodo de la historia de la Península Ibérica conocido como Al-Andalus. Sin entrar en polémicas sobre su denominación y los problemas académicos alrededor de este concepto, podemos decir que el origen del Al – Andalus comienza en el año 711 con la ocupación y conquista de las tierras del Reino Visigodo, que comprendían la Península Ibérica y el territorio galo conocido como Septimania, por parte del Califato de Damasco. La expansión de la cultura árabe y del Islam en este espacio geográfico dio como resultado una rica producción literaria, científica, filosófica y artística sin igual, así como el desarrollo de una sensibilidad particular que ya se ve reflejada en textos como el Collar de la Paloma o en los lamentos amorosos de la poetisa Layla.

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Patio de los leones, Alhambra de Granada.

En esta ocasión, damos inicio a la poesía del Al – Andaluz con Bakkar ben Dawud al-Marwani, del cual sabemos muy poco: su fecha de nacimiento se data en el 1048 y se sabe que perteneció a la familia Omeya, cuya dinastía comienza alrededor del año 661 con el califa Muawiya.

Dura Asta

Tú, estás tardando a la cita,
y yo, en tenso anhelo y cuita.

En mis manos tengo para ti algo
que se ha alzado como dura asta.

Si lo probaras una sola vez, jamás
volverías a tardar, no seas tonta.

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Odalisca y esclava, Ingres.

¡Qué dolor!

Mi corazón no sabía el valor de tu amor
hasta que te has distanciado- ¡Ay dolor!

Yo creía que tu lejanía en nada me afectaría,
y cuando te has ido, me he quedado con ardor.

No cesa de dolerme la amargura del del abandono,
en su fervor casi me separa al alma del cuerpo.

¡Ojalá puedas con el encuentro salvarme de la agonía!

No tengo yo alma que aguante tanto dolor, ¡amor!

 

 

 

 

Biografías poéticas: Pierre Louÿs, el maestro de lo obsceno

La literatura erótica francesa siempre ha gozado de una estupenda salud y de una amplia difusión en las letras universales. Escritores como Dominique Aury o George Bataille dan testimonio de esta afirmación. Y es ya conocido el cliché de pensar en el francés como el idioma del amor -también de la perversión- y otros tantos lugares comunes acerca de esta lengua que dio voz a escritores tan polémicos como Pierre Louÿs, quien es el motivo de esta entrada.

Pierre Félix Louis nació el 10 de diciembre de 1870, en Gante, Bélgica, en donde vivió muy poco tiempo, ya que a muy temprana edad viajó hacia Francia, lugar en el que desarrollaría su controvertida obra literaria. Amigo de artistas e intelectuales de la época como André Gide o Claude Debussy, se desenvolvió en el ámbito literario desde muy temprana edad, pues con tan solo 20 años de edad (1891) participa en la fundación de la célebre revista de autores parnasianos y simbolitas La Conque, a la vez que publica su primer poemario, Astarté.  Años más tarde, en 1896, publica su primera novela Aphrodite (mœurs antiques), en la cual se mezcla la ficción, el refinamiento y su estilo erótico inconfundible.

A continuación les dejamos algunos fragmentos del Manuel de civilité pour les petites filles à l’usage des maisons d’éducation (Manual de Urbanidad para Jovencitas).

No diga…diga…
(fragmento)

No diga: “Mi coño”.
Diga: “Mi corazón”.

No diga: “Quiero follar”.
Diga: “Estoy nerviosa”.

No diga: “Vengo de gozar como una loca”.
Diga: “Estoy un poco fatigada”.

No diga: “Cuándo tendré pelos”.
Diga: “Cuándo creceré”.

No diga: “Prefiero la lengua al pene”.
Diga: “Solamente me gustan los placeres delicados”.

 

Rúbrica especial para hacerse desvirgar
(fragmento)

Cuando tengas ocho años cumplidos, si te piden la virginidad, hay que darla; si no te la piden, hay que ofrecerla amablemente.

Para hacerse desvirgar, póngase en medio de la cama, quítese la camisa, o al menos levántela hasta las axilas, abra las piernas y abra con sus propias manos los labios del coño.

Una vez que la hayan desvirgado, cuídese bien de ir a contarlo a su señor padre. Eso no se hace.

 

De visita
(fragmento)

Si se ha hecho usted una paja en el ascensor, vuelva a ponerse los guantes antes de entrar.

En un salón muy fino, no coja nunca el pañuelo de un señor para limpiarse las partes ocultas, incluso si se moja por él.

Si una mujer modesta le dice: “Mi hijo trabaja peor que su hermano”, no conteste “Sí, pero su leche es mejor”. Los elogios de este tipo no suelen complacer a una madre cristiana.

 

Imagen de portada: Desnudo femenino, Egon Schiele

Biografías poéticas: Estratón de Sardes, un homenaje a la pederastia

En la actualidad, la práctica de la pederastia es considerada como un delito sexual grave en la mayor parte del mundo, con duras consecuencias psicológicas para los menores abusados y sanciones equivalentes para los adultos culpables. No obstante, la relación pederasta no fue siempre concebida como una práctica criminal, sino como parte fundamental de la formación de los jóvenes varones. En este caso, hablamos de la pederastia como una de las instituciones más arraigadas en la Antigua Grecia, donde era considerada un pilar en la formación de los hombres aristócratas, pues iba más allá del mero contacto sexual.

Zeus y Ganímedes, Anton Raphael Mengs
Pintura: Zeus y Ganímedes, Anton Raphael Mengs. 

Así, la relación pederasta sólo podía darse entre hombres de la misma condición social y con fines principalmente pedagógicos y civiles, ya que su principal fin era introducir al erómenos (ἐρώμενος), quien era un varón de entre 12 y 18 años, a las virtudes y deberes del ciudadano.  El encargado de esto era el erastés (ἐραστής), quien debía ser un varón mayor de 25 años y ciudadano prominente, adinerado y comprometido con la vida social de la polis griega. Si bien la relación entre ambos tenía acercamientos carnales, esta se basaba el respeto mutuo y no implicaba la homosexualidad de alguna de las partes. De esta forma, la pederastia en la Antigua Grecia constituía un ideal antes que un goce meramente sexual; posteriormente, con el declive de la polis y el comienzo del periodo helenístico, la pederastia se transformo en una práctica que apuntaba más a la belleza del joven y al placer derivado de la misma.

Parejas pederastas - Colonia griega de Paestum

Pintura:  Parejas pederastas en un fresco de una tumba ubicada en la colonia griega de Paestum, Italia.

En este sentido, la pederastia como goce sexual quedó plenamente representada en la poesía grecorromana, especialmente en los poemas que componen el libro XII de la Antología Palatina, dedicado exclusivamente al amor pederasta, y en donde el nombre de Estratón de Sardes sale a relucir, pues 94 epigramas pertenecen a este epigramista que, según los pocos datos que tenemos,  vivió en siglo II d.C. Su poesía destaca por su carácter satírico y pornográfico. Su obra se encuentra reunida en el famoso libro titulado “La musa de los muchachos”.

A continuación les dejamos algunos epigramas de su autoría.

I

Las pirulas de los muchachos, Diodoro, de tres formas
cuelgan; aprende sus nombres.
La que todavía está sin descapullar, llámala “Lalu”;
“Coco”, la que comienza a empalmarse;
La que puede menearse con la mano, dile “Lagarto”,
la más perfecta. Ya sabes como debes llamarlas.

II

Me complace el muchacho de doce años; pero
más deseable que este es con mucho el de trece.
El que tiene catorce es la flor más dulce de los amores.
pero más encantador es el que acaba de cumplir los quince.
El año decimosexto es propio de dioses. Al de diecisiete
no me toca a mi buscarlo, sino a Zeus.
Si alguno desea un muchacho de más edad, ya no juguetea,
sino que busca responder “dándose la vuelta”.

III

Aunque te haya crecido vello en la cara
y finos rizos rubios en las sienes,
ni aún así abandono a mi amado. Pues su belleza,
a pesar de la barba, a pesar del cabello, me pertenece.

IV

Una muchacha no tiene esfínter, ni besos
cándidos, ni buen olor natural en la piel,
ni ese dulce lenguaje picante, ni inocente
mirada…y si va de lista es bastante peor.
Frígidas por detrás todas son. Pero lo más importante
no es eso, sino dónde poner la mano errante.

V

Me gustan los blanquitos, lo mismo que me encantan los de piel color miel,
y los rubios, pero por otro lado amo a los morenos.
No desdeño los ojos castaños; pero especialmente
me encantan los de brillantes ojos negros.

Pintura de portada: Cílica ática, siglo V a.C

 

Biografías poéticas: Rosalía de Castro, la flor del Rexurdimento

Los datos que recogen los biógrafos de Rosalía de Castro son pocos y en ocasiones contradictorios, aunque suficientes para darnos una idea de la vida de esta grandiosa poeta de origen gallego. Nació el 25 de febrero de 1837 en Santiago de Compostela,  fruto de una relación escandalosa para la época: su madre, María Teresa de Castro y Abadía, se había visto en relaciones con el sacerdote José Martínez Viojo, quien por su condición no pudo reconocer a Rosalía como su hija. Al parecer este hecho marcó tanto a la madre como a la hija, quienes construyeron a lo largo de su vida en común una relación estrecha y profunda, la cual se ve reflejada en algunos de sus poemas.

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Fotografía: Rosalía de Castro.

Si bien Rosalía de Castro no fue una mujer con mucha instrucción, supo construir una obra poética de gran calidad estética, tanto en forma como en fondo. Esto se comprueba en su formidable manejo expresivo del castellano, pero sobre todo en el interés por escribir en su lengua materna, el gallego. Su primer poemario, La Flor (1857), fue escrito en castellano, y dado a conocer por Manuel Martínez Murguía, su esposo, en la revista “La Iberia”; no obstante, su primer libro en gallego fue Cantares Gallegos (1863), en donde se reivindica el espíritu romántico de Galicia, lo que le valió la admiración de sus contemporáneos. Para los interesado en su producción literaria en gallego, puede interesarles su Folla Novas (1880).

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Fotografía: Brañas del Sar, Turismo Santiago.

A continuación, les dejamos una probadita de la obra de esta magnífica poeta del llamado Rexurdimento o resurgimiento literaria en la Galicia del siglo XIX.

Follas novas 

¡Follas novas! risa dame
ese nome que levás,
cal si a unha moura ben moura,
Branca lle oíse chamar.

Non Follas novas, ramallo
de toxos e silvas sós,
hirtas, coma as miñas penas,
feras, coma a miña dor.

Sin olido nin frescura,
bravas magoás e ferís…
¡Se na gándara brotades,
como non serés así!

Versión al castellano

¡Hojas nuevas! me da risa
el nombre que os pienso dar,
como si a una negra bien negra
blanca la oyera llamar.

No hojas nuevas sino ramo
de zarzas y aliagas son,
tan yertas como mis penas,
fieras como mi dolor.

Sin aroma ni frescura,
bravas dañáis y herís…
¡Si en el páramo brotasteis,
como no iba a ser así!

Ben sei que non hai nada

Ben sei que non hai nada
novo en baixo do ceo,
que antes outros pensaron
as cousas qu’ora eu penso.

E ben, ¿para qu’escribo?
E ben, por que así semos,
relox que repetimos
eternamente o mesmo.

Versión al castellano

Bien sé que no existe nada
nuevo debajo del cielo,
y que antes ya otros pensaron
las cosas que ahora pienso.

Y bien, ¿para qué escribimos?
Pues bien, porque así seremos
relojes que repetimos
idéntico son eterno.

 

Para conocer más de la obra de Rosalía de Castro, da clic aquí.

La alabanza al amor: Himno en honor a Afrodita de Safo

La oda a Afrodita, al ser el poema más conocido de Safo y tener la particularidad de ser el único que hemos conservado entero a pesar de que le falta el inicio del tercer verso de la quinta estrofa, fue citado por Dionisio de Halicarnasio, un escritor del siglo I a.C, motivo del cual ha llegado hasta nosotros.

Pues bien, el contendido del himno es un ruego que hace nuestra escritora a la diosa del amor, Afrodita, para que pedirle ayuda: atraer hacia ella un amor renegado. En este caso sabemos que la amada es una mujer, por la ausencia de una letra al final de la sexta estrofa. Después de la invocación, encontramos una larga digresión, donde la poetisa rememora una ocasión anterior en que la diosa estuvo dispuesta a ayudarle, ocasión en la cual la diosa, que es conducida por un carruaje de oro tirado por gorriones, descendió y le prometió que su suplica sería cumplida. Por último, el poema se cierra con una estrofa en la cual se reitera la solicitud de ayuda en la “guerra del amor”, comparando la relación amorosa con la batalla.

Texto en griego

Ποικιλόθρον᾽ ὰθάνατ᾽ ᾽Αφρόδιτα,
παῖ Δίος, δολόπλοκε, λίσσομαί σε
μή μ᾽ ἄσαισι μήτ᾽ ὀνίαισι δάμνα,
πότνια, θῦμον.

ἀλλά τυίδ᾽ ἔλθ᾽, αἴποτα κἀτέρωτα
τᾶς ἔμας αὔδως αἴοισα πήλγι
ἔκλυες πάτρος δὲ δόμον λίποισα
χρύσιον ἦλθες

ἄρμ᾽ ὐποζεύξαια, κάλοι δέ σ᾽ ἆγον
ὤκεες στροῦθοι περὶ γᾶς μελαίνας
πύκνα δινεῦντες πτέῤ ἀπ᾽ ὠράνω αἴθε
ρος διὰ μέσσω.

αῖψα δ᾽ ἐξίκοντο, σὺ δ᾽, ὦ μάκαιρα
μειδιάσαισ᾽ ἀθανάτῳ προσώπῳ,
ἤρἐ ὄττι δηὖτε πέπονθα κὤττι
δηὖτε κάλημι

κὤττι μοι μάλιστα θέλω γένεσθαι
μαινόλᾳ θύμῳ, τίνα δηὖτε πείθω
μαῖς ἄγην ἐς σὰν φιλότατα τίς τ, ὦ
Ψάπφ᾽, ἀδίκηει;

καὶ γάρ αἰ φεύγει, ταχέως διώξει,
αἰ δὲ δῶρα μὴ δέκετ ἀλλά δώσει,
αἰ δὲ μὴ φίλει ταχέως φιλήσει,
κωὐκ ἐθέλοισα.

ἔλθε μοι καὶ νῦν, χαλεπᾶν δὲ λῦσον
ἐκ μερίμναν ὄσσα δέ μοι τέλεσσαι
θῦμος ἰμμέρρει τέλεσον, σὐ δ᾽ αὔτα
σύμμαχος ἔσσο.

Texto en español

Santa hija de Zeus, de esmaltado trono,
dolotrenzadora, Afrodita, atiende:
ya no domes más con pesar y angustias
mi alma, señora,

sino ven aquí, si mi voz de lejos
otra vez oíste y me escuchaste
y dejando atrás la dorada casa
patria viniste,

tras uncir el carro: gorriones lindos
a la negra tierra tiraban prestos
con sus fuertes alas batiendo el aire
desde los cielos.

Y llegaron pronto, y tú, bendita,
sonriendo siempre en tu faz divina,
preguntabas qué me pasaba, a qué otra
vez te llamaba,

y qué es lo que tanto ahora en mi alma loca
conseguir quería: “¿A quién deseas
que al amor te traiga? Ah dime, Safo,
¿quién te hace daño?

Que, si huyó de ti, pronto irá a buscarte;
si aceptar no quiso, dará regalos;
y si no ama hoy, te amará muy pronto,
aun sin quererlo”.

Ven también ahora y de amargas penas
líbrame, y otorga lo que mi alma
ver cumplido ansía, y en esta guerra
sé mi aliada.

Obra de la pintura: Charles Amable Lenoir, Whisper of love
Traducción: Juan Manuel Rodríguez Tobal.