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El final trágico de una heroína romántica: Madame Bovary

Basada en hechos reales, Flaubert se inspiró en un caso de los padres de nuestro escritor que eran de profesión médicos: la historia real de Delphine Delamare, la segunda esposa de un médico rural de Normandía, que se suicidó a los veintiséis años, tras haber contraido numerosas deudas y amantes, además de dejar huérfana a una hija de seis años.

Gustave Flavert (1821-1880) escribió esta obra en 1851, concretamente durante la caída de la Segunda República y la instauración del Segundo Imperio por Napoleón III.

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Madame Bovary es una novela que está insertada en el movimiento realista -corriente en que el hombre está en un marco temporal-espacial concretos, en la segunda mitad del siglo XIX, para llegar a la verdad y que presenta todas las clases sociales, sin que exista límites en cuanto a la moralidad-, en la cual la protagonista, Emma Bovary, es una ama de casa de la pequeña burguesía, con capacidad de decisión por considerarse una mujer activa que subvierte los roles del matrimonio. En efecto, aquí tenemos una lectura de inconformismo respecto a las normas sociales del momento.

Por el contrario, Charles Bovary, el marido de Emma, tiene una personalidad pequeña que no brilla, dado que consigue las cosas por su familia, no porque él lo valga. Pues, las mujeres de Charles representan la masculinidad débil de este (la madre de Charles, autoritaria y posesiva, que decide lo que su hijo tiene que estudiar (medicina) y casarse con quién ella quiera; su primera mujer, viuda, y Emma, dominante y absorvente), configurando con estas mujeres la personidad limitante del sexo masculino, sexo oprimido, dormido e insatisfecho, tal como nos lo siente la madre de Charles:

«En tiempos de Madame Dubuc (la primera mujer), la pobre vieja sentía aún que era la preferida, pero ahora el amor de Charles por Emma le parecía una deserción respecto de su ternura, una invasión de algo que le pertenecía; y observaba la felicidad de su hijo con un silencio triste como alguien que se ha arruinado y observa por los cristales de la ventana las personas sentadas para comer en su antigua morada.»

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Hallamos, así pues, una clara crítica de la burguesía rural, así como la presencia de los progresos del siglo, como son el capitalismo, con las figuras de los banqueros, prestamistas y usureros que hacen gala en este clásico, valiendo tanto a nuestro autor como su editor debido a esto un juicio en 1857 por “ultraje a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres”, a igual que Las flores del mal de Charles Baudelaire, que lo salvaron de la cárcel por la muerte de Emma al final de la obra.

Posteriormente, Madame Bovary dio nombre a una patología psicológica, el bovarismo, cuyo síntoma es la insatisfacción crónica a causa del frustrante contraste entre la ilusión y la realidad, ya que la protagonista es víctima de una sociedad que castiga el papel activo de la mujer en el matrimonio con el suicidio.

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En este fragmento nos ofrece una descripción detallada de la muerte de Emma, en donde focaliza la mirada de la protagonista para dar cuenta del lugar que ocupa cada personaje en el sitio que se encuentran:

«Ahora ya no estaba tan pálida y una expresión de serenidad bañada su rostro, como si el sacramento la hubiese curado.

El cura no dejó de reparar en ello y hasta le dijo a Bovary que algunas veces el Señor, cuando lo tenía a bien, prolongaba la vida de las personas, si eso convenía a su salvación. Charles se acordaba de otro día en que ella, también como ahora a punto de morir, había recibido la extrema unción.

– Tal vez no haya que perder todavía las esperanzas -se dijo.

Emma, efectivamente, paseaba la mirada despacio en torno suyo, como quien se está despertando de un sueño. Pidió con voz bien inteligible que le trajeran un espejo y estuvo un rato con el rostro inclinado sobre él, hasta que empezaron a brotarle de los ojos unos gruesos lagrimones. Entonces echó la cabeza para atrás y la dejó caer sobre la almohada lanzando un gran suspiro.

A partir de entonces, el pecho se le empezó a alborotar en un estertor galopante. Se le salió toda la lengua fuera de la boca y sus ojos daban vueltas y palidecían como globos de luz a punto de apagarse, hasta el punto de que se la hubiera creído ya difunta, a no ser por el veloz y horrible movimiento de las costillas que subían y bajaban en furioso jadeo, como si el alma estuviera dando brincos para tratar de desligarse. Felicité se arrodilló delante del crucifijo y hasta el boticario hizo un amago de genuflexión, mientras que monsieur Canivet mantenía la mirada perdida en la plaza. Burnisien había reanudado sus rezos, arrodillado y con la cara hundida en las ropas de la cama, mientras la sotana le arrastraba por detrás sobre el suelo del cuerto.

Charles, también de rodillas, estaba al otro lado y extendía los brazos hacia Emma. Le tenía cogidas las manos y se las apretaba, sintiéndose estremecer a cada nuevo latido de su corazón, como si repercutiera en él el eco de una ruina apunto de derrumbarse definitivamente. A medida que el estertor se iba haciendo más acusado, el cura aceleraba también sus oraciones, que se mezclaban con los sollozos ahogados de Bovary. Y todo parecía, en algún momento, difuminarse en aquel sordo murmullo de las sílabas latinas, que repicaban como un toque de difuntos.»

Pinturas y portada: James Jacques Joseph Tissot.

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Camil Petrescu, el padre de la novela moderna rumana

Tras una breve pausa en la Villa de los Papiros, retomamos las habituales publicaciones sobre literatura universal. En esta ocasión quisiera hablar de un novelista rumano que, hasta hace algunos meses, era un completo desconocido para mí. Además de Cioran y Mircea Eliade, ¿qué otro nombre nos viene a la memoria cuando buscamos representantes de la literatura en Rumania?

Camil Petrescu nació en Bucarest un 9 de abril de 1894, en el seno de una familia ausente,  ya que se sabe que su padre murió antes de su nacimiento y que perdió a su madre poco después de haber visto la luz. No obstante, logró sobresalir como un estudiante aplicado, además de mostrar un talento evidente para la literatura. Se sabe que su primer poema lo compuso durante la escuela secundaria; a partir de entonces, dedicaría un especial cultivo a este género literario a lo largo de su vida, publicando cuatro libros de poesía. Pero su carrera dentro de la literatura daría un auténtico vuelco con su primera novela Última noche de amor, primera noche de guerra, en donde narra los recuerdos sobre su participación en la Primera Guerra Mundial, conflicto que supuso una auténtica catástrofe para su país. De igual manera, incursionó dentro del ámbito del teatro, con 8 obras de teatro que lo posicionaron como una de las figuras más representativas de la dramaturgia de su país. A raíz de esto, fue nombrado director del Teatro Nacional de Bucarest en 1939.

El lecho de Procusto

Sin embargo, la novela que lo catapultó a la fama dentro de los círculos literarios e intelectuales de su país fue El lecho de Procusto,  una obra en la que se nos narra una historia de amor contada a través de cartas y relatos autobiográficos que ponen de manifiesto la condición irracional y caótica de la pasión. Traducida al castellano en 2007 para Editorial Gadir, esta novela llegó a mis manos cuando aún era un estudiante universitario y me encontraba en pleno descubrimiento de otros novelistas modernos como Albert Cohen o William Faulkner. En esa ocasión, lo que llamó profundamente mi atención fue el título, que me remitía al mito de Procusto, un ladrón que vivía una colina donde ofrecía hospedaje a los caminantes, para después torturarlos.

El suplicio por el que hacía pasar a sus víctimas consistía básicamente en amordazarlos y amarrar cada una de sus extremidades a las esquinas a un lecho hierro: si sus brazos, piernas o cabeza sobresalían de la cama, Procusto se las cortaba con el fin de hacerlos encajar; pero si sus extremidades eran demasiado quedaban demasiado pequeñas, las estiraba hasta despedazarlos.

Y esta es precisamente la metáfora detrás de esta magnífica novela epistolar de Petrescu: la tragedia amorosa de Ladima y Emilia, y la pasión frustrada entre la señora T. y Fred Vasilescu. Cada uno de los testimonios contados por los amantes se ajustan a su propia realidad y sensibilidad acerca del amor, pareciendo contradictorios e incompatibles entre sí al compararlos. Más que un retrato fiel del ser amado, nos encontramos ante un ser ideal, forzando al personaje de carne y hueso a encajar en un hechizo de pura ilusión. Así, esta novela nos cuenta el amor ciego del periodista y poeta Ladima por Emilia, una actriz de cuarta que ejercía la prostitución como modo de vida; no obstante, a los ojos del escritor, Emilia aparecía como una mujer intachable y de talento excepcional, procurando y cumpliendo los caprichos de esta, a pesar de saberse engañado e intuir a la verdadera mujer que se ocultaba detrás de su imagen idealizada. De igual manera, la pareja de la Señora T. y Fred Vasilescu aparece con diferentes matices y versiones de los hechos, llevando al lector a preguntarse quién de los personajes lleva la razón y nos cuenta la verdad. Al final, ambos llevan la verdad a su manera, mostrándonos una cara diferente del mismo amor.

Imagen: Catrina, Nicolae Tonitza, pintor rumano