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Camil Petrescu, el padre de la novela moderna rumana

Tras una breve pausa en la Villa de los Papiros, retomamos las habituales publicaciones sobre literatura universal. En esta ocasión quisiera hablar de un novelista rumano que, hasta hace algunos meses, era un completo desconocido para mí. Además de Cioran y Mircea Eliade, ¿qué otro nombre nos viene a la memoria cuando buscamos representantes de la literatura en Rumania?

Camil Petrescu nació en Bucarest un 9 de abril de 1894, en el seno de una familia ausente,  ya que se sabe que su padre murió antes de su nacimiento y que perdió a su madre poco después de haber visto la luz. No obstante, logró sobresalir como un estudiante aplicado, además de mostrar un talento evidente para la literatura. Se sabe que su primer poema lo compuso durante la escuela secundaria; a partir de entonces, dedicaría un especial cultivo a este género literario a lo largo de su vida, publicando cuatro libros de poesía. Pero su carrera dentro de la literatura daría un auténtico vuelco con su primera novela Última noche de amor, primera noche de guerra, en donde narra los recuerdos sobre su participación en la Primera Guerra Mundial, conflicto que supuso una auténtica catástrofe para su país. De igual manera, incursionó dentro del ámbito del teatro, con 8 obras de teatro que lo posicionaron como una de las figuras más representativas de la dramaturgia de su país. A raíz de esto, fue nombrado director del Teatro Nacional de Bucarest en 1939.

El lecho de Procusto

Sin embargo, la novela que lo catapultó a la fama dentro de los círculos literarios e intelectuales de su país fue El lecho de Procusto,  una obra en la que se nos narra una historia de amor contada a través de cartas y relatos autobiográficos que ponen de manifiesto la condición irracional y caótica de la pasión. Traducida al castellano en 2007 para Editorial Gadir, esta novela llegó a mis manos cuando aún era un estudiante universitario y me encontraba en pleno descubrimiento de otros novelistas modernos como Albert Cohen o William Faulkner. En esa ocasión, lo que llamó profundamente mi atención fue el título, que me remitía al mito de Procusto, un ladrón que vivía una colina donde ofrecía hospedaje a los caminantes, para después torturarlos.

El suplicio por el que hacía pasar a sus víctimas consistía básicamente en amordazarlos y amarrar cada una de sus extremidades a las esquinas a un lecho hierro: si sus brazos, piernas o cabeza sobresalían de la cama, Procusto se las cortaba con el fin de hacerlos encajar; pero si sus extremidades eran demasiado quedaban demasiado pequeñas, las estiraba hasta despedazarlos.

Y esta es precisamente la metáfora detrás de esta magnífica novela epistolar de Petrescu: la tragedia amorosa de Ladima y Emilia, y la pasión frustrada entre la señora T. y Fred Vasilescu. Cada uno de los testimonios contados por los amantes se ajustan a su propia realidad y sensibilidad acerca del amor, pareciendo contradictorios e incompatibles entre sí al compararlos. Más que un retrato fiel del ser amado, nos encontramos ante un ser ideal, forzando al personaje de carne y hueso a encajar en un hechizo de pura ilusión. Así, esta novela nos cuenta el amor ciego del periodista y poeta Ladima por Emilia, una actriz de cuarta que ejercía la prostitución como modo de vida; no obstante, a los ojos del escritor, Emilia aparecía como una mujer intachable y de talento excepcional, procurando y cumpliendo los caprichos de esta, a pesar de saberse engañado e intuir a la verdadera mujer que se ocultaba detrás de su imagen idealizada. De igual manera, la pareja de la Señora T. y Fred Vasilescu aparece con diferentes matices y versiones de los hechos, llevando al lector a preguntarse quién de los personajes lleva la razón y nos cuenta la verdad. Al final, ambos llevan la verdad a su manera, mostrándonos una cara diferente del mismo amor.

Imagen: Catrina, Nicolae Tonitza, pintor rumano

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20 consejos para alcanzar tus objetivos: el esfuerzo como herramienta poderosa

Hay, en efecto, una carencia de esfuerzo y disciplina en nuestros jóvenes bastante preocupante, pues -con el surgimiento de los llamados “niños emperadores”- no toman en serio a sus padres, y a veces compiten entre ellos por sacar las peores calificaciones y ser considerado el que más asignaturas suspendió de todos ellos. A pesar de esto, sus parientes les obsequian con el móvil de última tecnología o el mejor ordenador del mercado.

Aún así, todavía hay algunos padres que suelen emplear la norma del esfuerzo y la meritocracia como método principal y base de la educación y el desarrollo de sus hijos, remedio eficaz si se toma en pequeñas dosis durante toda la vida.

1. El éxito depende del esfuerzo – Sófocles.

2. Mucho esfuerzo, mucha prosperidad – Eurípides.

3. La felicidad es una opción que requiere esfuerzo a veces – Esquilo.

4. Nadie sabe lo que puede hacer hasta que lo intenta – Publilio Syrus. 5. Cada hombre es el forjador de su propia fortuna – Apio Claudio.

6. Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego – Aristóteles.

7. Cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito – Tito Livio.

8. La vida no regala nada a los mortales sin un gran esfuerzo – Horacio.

9. Más se estima lo que con más trabajo se gana – Aristóteles.

10. No se llega a campeón sin sudar – Epicteto.

11. Las arañas atrapan a las moscas y dejan huir a las avispas – Plutarco.

12. El trabajo moderado fortifica el espíritu; y lo debilita cuando es excesivo: así como el agua moderada nutre las plantas y demasiada las ahoga – Plutarco.

13. Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, por tanto, no es un acto, sino un hábito – Aristóteles.

14. El buen carácter no se forma en una semana o en un mes. Se crea poco a poco, día a día. Se requiere un esfuerzo paciente para desarrollar un buen carácter – Heráclito.

15. Lo que hagas sin esfuerzo y con presteza, durar no puede ni tener belleza – Plutarco.

16. El que no hace un esfuerzo para ayudarse a sí mismo, no tiene derecho a solicitar ayuda a los demás – Demóstenes.

17. Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga – Homero.

18. Con dificultad hallaremos quien después de tomar sobre sí grandes trabajos y soportar peligros, no desee con vivo ardor la gloria como premio de las empresas realizadas – Cicerón.

19. Que un hombre se conquiste a sí mismo es la primera y más noble de todas las victorias – Platón.

20. Lo lícito no me es grato; lo prohibido excita mi deseo – Ovidio.

Pintura de portada: Bailarinas en clase, Edgar Degas.

La​ ​culminación​ ​de​ ​un​ ​éxito:​ ​Carlos​ ​García​ ​Gual

Después de muchos estudios de mitología y años de estudio sobre el mundo antiguo, nuestro escritor especialista en lenguas clásicas, Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943), recibió ayer, el 30 de noviembre de este año, el asiento “J” de la Rae, que estaba vacante desde que murió el dramaturgo Francisco Nieva, el 10 de noviembre del año pasado. Fue elegido en una segunda votación, pues antes había sido doblemente candidato a​ ​ocupar​ ​la​ ​silla​ ​M​ ​junto​ ​con​ ​Rosa​ ​Montero.

La formación de este filólogo es excelente, porque aprendió de los mejores helenistas españoles: Manuel Fernández Galiano, Francisco Rodríguez Adrados y Luis Gil. Gracias a su educación y a su perseverancia pudo acceder a la cátedra de filología griega en la Universidad Complutense de Madrid, especializándose en la antigüedad clásica y literatura, formación que concluyó con la escritura de numerosos artículos y libros acerca de literatura clásica​ ​y​ ​medieval,​ ​filosofía​ ​griega​ ​y​ ​mitología​ ​en​ ​revistas​ ​clásicas.

Cabe​ ​destacar​ ​entre​ ​su​ ​producción​ ​las​ ​siguientes​ ​obras​ ​clásicas:​ ​​Los​​ orígenes de la ​novela, Primeras novelas europeas, ​Epicuro, ​Diccionario de mitos, ​Encuentros heroicos, ​Seis escenas griegas, ​Las Primeras novelas: desde las griegas y las latinas hasta la edad media o ​Prometeo, ​mito y literatura, aunque escribe también como crítico literario de libros en ​El País, ​Revista de Occidente, entre otras.

Asimismo, ha destacado como editor y colaborador de la revista ​Historia National Geographic. Sin embargo, la aportación más importante de este catedrático fue la dirección de dos colecciones de la Editorial Gredos (las obras griegas de la Biblioteca Clásica Gredos y la de clásicos universales, Biblioteca Universal Gredos), además de dos premios -bien merecidos- de traducción: ​Premio de traducción Fray Luis de León (1978) con ​Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia de Pseudo Calístenes, y el Premio​​ Nacional ​(2002),​ ​por​ ​el​ ​conjunto​ ​de​ ​su​ ​obra​ ​de​ ​traducción.

Pues bien, las traducciones que ha realizado en nuestros días son la de la ​Odisea de Homero y las ​Vidas de filósofos ilustres de Diógenes Laercio en Alianza Editorial. Las últimas aportaciones que tiene la intención de conseguir dentro de esta institución son el estudio del léxico helénico -resaltando la formación de nuevas palabras, cuyas terminaciones son la de filia y fobia- en el vocabulario científico y médico y en la política, así como en la influencia que ejercerá para que el mundo helénico siga vigente en la actualidad, no en su progresiva desaparición del currículum escolar hoy en día, y sobre todo, en la esperanza que tenemos los de clásicas en que, ya desde su silla, puede modificar la terrible reducción del número de horas dedicadas a las Humanidades en la enseñanza​ ​secundaria,​ ​quien​ ​se​ ​muestra​ ​muy​ ​preocupado​ ​por​ ​cambiar.

Fotografía: Wikicommons

Biografías Poéticas: Jaime Siles

La primera vez que escuché la poesía de Jaime Siles fue en su tierra natal, en voz de una compatriota suya que tuvo la camaradería de contarme un poco de la historia de este escritor y erudito valenciano. Nacido en 1951, Jaimes Siles es un fiel representante de eso que llamamos “tradición clásica”, tanto por su formación en letras (doctorado por la Universidad de Salamanca en Filología Clásica), como por su dedicación a la poesía en sus formas más tradicionales. Autor de 19 poemarios, entre los que se encuentra el célebre Semáforos, semáforos (1990) y Desnudos y acuarelas (2009), Siles destaca no sólo como vate talentoso, sino también como estudioso de otros poetas españoles, especialmente de la Generación del 27. En fin, esperamos que disfruten una de sus obras más célebres y que se animen a leer más de este magnífico autor.

Semáforos, Semáforos

La falda, los zapatos,
la blusa, la melena.
El cuello, con sus rizos.
El seno, con su almena

El neón de los cines
en su piel, en sus piernas.
Y, en los leves tobillos,
una luz violeta.

El cláxon de los coches
se desangra por ella.
Anuncios luminosos
ven fundirse sus letras.

Cuánta coma de rimmel
bajo sus cejas negras
taquigrafía el aire
y el aire es una idea.

El cromo de las motos
gira a cámara lenta.
Destellos, dioramas,
tacones, manos, medias.

Un solo parpadeo
Y todo se acelera.
El carmín es un punto
y es un ruido de seda.

La falda, los zapatos,
la blusa, la melena
Se han ido con la luz
verde que se la lleva.

En un paso de cebra
La vi y dije: ¡ella!
Y todos los motores
me clavaron su espuela.

El semáforo dijo
hola y adiós. Y era
muy pronto para todo,
muy tarde para verla.

El ámbar me mordía
los ojos y las venas
y la calle tenía
resplandor de pantera.

En qué esquina de yodo
su mirada bucea.
En qué metro de níquel
o burbuja de menta.

Ningún libro me dice
ni quién es ni quién era.
Ni su nombre ni el mío
intercambian fonemas.

Lloran los diccionarios,
lloran las azoteas
y dicto mis mensajes
en una lengua muerta.

He llegado hasta junio
y estoy en las afueras.
La costura del cielo
tiene blondas de niebla.

Las boquitas pintadas
dejan polvo de estrellas
en el borde de un vaso
boreal de ginebra.

Escrito en cuneiforme
el perfil de sus ruedas
los taxis amarillos
tatúan la alameda.

La noche me maquilla
con su breve tormenta
de bares y de hoteles
sonámbulos que tiemblan.

Otoño de terrazas
vacías y de mesas,
de toldos recogidos
y sillas genuflexas.

Los lápices de labios
con la aurora despiertan.
Los espejos los miran
dibujar sus dos letras.

En un paso de cebra
la vi y dije: ¡ella!
y todos los motores
me clavaron su espuela.

Ésta es la misma calle.
Ésta es la misma acera.
Y la hora, la misma.
Sólo ella no es ella.

La falda, los zapatos,
la blusa, la melena.
El cuello, con sus rizos.
El seno, con su almena.

¿Y la coma de rimmel
bajo sus cejas negras?
El aire me grafía
Aún su silueta.

Esculpida en el ámbar
de algún paso de cebra
fosforesce su piel,
fosforescen sus medias.

Pintura: Jorge Luis Santisteban

 

Biografías poéticas: Rafael Alberti

Hablar sobre Alberti, uno de los poetas representativos de la Generación del 27, no hace mucha falta. Lo que hace mucha falta es leerlo. Nació en 1902 y murió en 1999, ambos acontecimientos en la ciudad de Cádiz, España. Su producción poética es realmente vasta: comienza en 1925 con Marinero en Tierra y finaliza con Canciones para Altair en 1989. También fue autor de diversas obras de teatro  y cuenta con dos guiones de cine. De cualquier manera, y como todo poeta, se conoce mejor leyéndolo. Les dejamos a continuación dos obras de Alberti que les encantarán.

Se equivocó la paloma

Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.

Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.

Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.

—————
El Ángel desconocido
¡Nostalgia de los arcángeles!
Yo era…
Miradme.
Vestido como en el mundo,
ya no se me ven las alas.
Nadie sabe como fui.
No me conocen.
Por las calles, ¿quién se acuerda?
Zapatos son mis sandalias.
Mi túnica, pantalones
y chaqueta inglesa.
Dime quién soy.
Y, sin embargo, yo era…
Miradme.
——————–

Biografías poéticas: Jaime Sabines

Si no has tenido tiempo de leer algo sobre el cantor de los Amorosos, lo recomendable sería echarle un vistazo a esta pequeña semblanza y dejarte llevar por el talento del poeta chiapaneco Jaime Sabines (1926-1999). Originario de Tuxtla Gutiérrez, México, Sabines es reconocido como uno de los grandes líricos del siglo XX en tierras americanas. Es autor de grandes poemarios como “Adán y Eva” (1952) y “Tarumba” (1956), dos de nuestros preferidos: el primero por su erotismo carnal y místico; el segundo por sus reflexiones sobre la vida de uno más que se sabe mortal. No obstante, el placer no está en describirlo o arrojar miles de datos sobre su trabajo, sino en la lectura de su obra. En la Villa de los Papiros te dejamos dos composiciones pertenecientes a los poemarios mencionados. ¡Qué lo disfrutes!

¿Qué putas puedo?
(De Tarumba)

¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?

¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?

¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?

¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?

¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?

¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?

¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?

III
(De Adán y Eva)

Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué? Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas?

Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas.

¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles?

Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.

Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día.

Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.

¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que tuve.

Pintura: Los amantes, Alfredo Ramos Martínez.

 

 

Un insaciable recorrido por la poesía de Gonzalo Rojas

Si hay un poeta que marcó mi vida durante la universidad, ese fue Gonzalo Rojas. Con su singular estilo arrebatado, sensual y surrealista, la primera vez que el vate chileno me sedujo fue tras leer su célebre poema El fornicio. Mi reacción fue de asombro, al mismo tiempo que la curiosidad me llevó a seguir pasando las hojas por esa extraña antología. Tras ese breve impacto, recorrí lentamente esa sintaxis adulterada que invita al lector a seguir entre el ritmo de adjetivaciones delirantes e hiperbólicas, como si se tratara de flores recién abiertas, heridas de juventud. Y no fui solamente yo quien cayó rendido: todas las tardes, me rodeaba de aquellos viejos amigos a recitar alguno de sus poemas, mientras le dábamos algunos sorbos a botellas de cualquier licor barato y encendíamos unos cuántos cigarros de marihuana. Esa esa la verdadera historia de cómo fui arrastrado hacia el exceso de sus versos y comencé a buscar en todas las librerías varias de sus obras.

El fornicio

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras, te
lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!

No obstante, las cosas no quedaron así, ya que fue Gonzalo Rojas quien me inició en la poesía clásica de Ovidio, Catulo, Safo y Filóstrato. ¿Quien lo diría? Un autor latinoamericano de  lengua hispana dándome lecciones de literatura clásica, con una pasión que ninguno de mis profesores de latín o de literatura lograron por más que insistieron. Sólo me basta recordar su célebre poema Latín y jazz, dedicado a la trompeta de Louis Armstrong y a la poesía de Catulo. En mi imaginación todavía arden esas imágenes de opulencia barroca, muy propias de la pluma de Rojas.

Latín y jazz

Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong, lo reoigo
en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles
en el latín augusto de Roma con las trompetas libérrimas, lentísimas,
en un acorde ya sin tiempo, en un zumbido
de arterias y de pétalos para irme en el torrente con las olas
que salen de esta silla, de esta mesa de tabla, de esta materia
que somos yo y mi cuerpo en el minuto de este azar
en que amarro la ventolera de estas sílabas.

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor
del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito
de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma
y África, la opulencia y el látigo, la fascinación
del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí
y el infortunio de los imperios, vaticinio
o estertor: éste es el jazz,
el éxtasis
antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis,
Catulo mío,
¡Tánatos!

Con el paso del tiempo, Gonzalo Rojas se transformó en un imprescindible de mis escritores favoritos, y a cualquier persona que me pidiera una recomendación, no dudaba en decirle: empieza por leerte A unas muchacha que hacen eso en lo oscuro. Desde luego no sólo prodigaba elogios a su poesía por la mera sensualidad y lujuria, sino por esa extraña combinación de amor literario, místico y profano que derrocha en sus letras: la velocidad en las caricias físicas y la comparación constante del éxtasis con la naturaleza, nos llevan de la mano de Rojas a contemplar un espectáculo voyeurista, en el que podemos participar a penas con las pestañas y la palabra retumbando en la punta de nuestra lengua.

A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro

Bésense en la boca, lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio de los pelos, largo
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana
perversa,
y
áureas y serpientes ríanse
del vicio en el
encantamiento flexible, total
está lloviendo peste por todas partes de una costa
a otra de la Especie, torrencial
el semen ciego en su granizo mortuorio
del Este lúgubre
al Oeste, a juzgar
por el sonido y la furia del
espectáculo.

Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas de alto a bajo, jueguen
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, diástole y sístole
de un mismo espejo.
De ustedes
se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.

Finalmente, como es mi costumbre, no me queda más que invitarlos a leer a este gran poeta chileno y latinoamericano, autor de las fantasías líricas más ricas de la poesía latinoamericana del siglo XX.

Pintura: El sueño – Courbet

La rabiosa melancolía de Juan Marsé

Autor: Daniel Álvarez Bermúdez.

Vamos directo a la confesión del pecado: la primera novela que tuve entre mis manos de Juan Marsé fue Últimas tardes con Teresa, considerada por muchos una de sus mejores obras, incluso por encima del crudo y fascinante relato de Si te dicen que caí. Antes de continuar, también he de confesar que soy un novato en lo relativo a este autor, ya que hace poco más de un año que tuve la oportunidad de asomarme a su trabajo. Finalmente, debo decir en mi defensa que, desde el momento en que acabé las Últimas tardes, me es imposible alejarme de la lectura de este grandioso escritor catalán. Y es que a pesar de ser odiado por muchos y alabado por otros, el premio Cervantes es un indiscutible referente de la narrativa en lengua española del Siglo XX.

Si bien resultan polémicas muchas de las declaraciones de Marsé en temas como la política lingüística catalana o la crítica a la sociedad burguesa de la Barcelona de posguerra, Juan Marsé pinta magistralmente un retrato crudo de la naturaleza de las pasiones humanas y pone de relieve las denuncias más rabiosas de los de abajo. Personajes como el Capitán Blay o el mítico Daniel nos transportan a melancólicos parajes en los que la pobreza, la desigualdad y el horror de los crímenes humanos son parte del día a día.

Como ya he dicho, las Últimas tardes con Teresa fue la primera novela de Marsé que llegó a mis manos y quizá es mi favorita hasta el momento. En ella, se cuenta la historia del Pijoaparte, un joven charnego de los arrabales de Barcelona, y de Teresa, una joven universitaria encaprichada con los movimientos sociales obreros. Como puede suponerse, la historia de amor entre estos dos personajes es uno de los hilos conductores de la narración; sin embargo, nada más alejado de un romance idílico: el Pijoaparte es un ladrón de motocicletas con un fuerte espíritu arribista, capaz de mentir y pasar sobre su propia dignidad para complacer su anhelado ascenso a una sociedad que lo rechaza. A pesar de ello, sus sentimientos se revelan como profundamente auténticos y lo dotan de una sensibilidad particular que lo lleva a vivir su amor por Teresa de una forma tan pasional como cinematográfica, siendo este último aspecto uno de los más espectaculares de esta novela, pues en más de una ocasión Marsé pone en marcha escenas dignas de la pantalla grande. Un ejemplo de ello son los viajes en el descapotable de Teresa a toda velocidad, con su cabello suelto al aire a través de la noche y sus tersos labios acariciando las ráfagas de adrenalina de su cuerpo y el de Pijoaparte.

Teresa llevaba una blusa a rayas de cuello corto y un rojo pañuelo de seda que flotaba al viento con sus cabellos. Tenía la radio encendida y se oía un cha-cha-cha. El murciano, que nunca había experimentando la emoción de la velocidad en un coche sport, miraba alternativamente el haz de luz de los faros sobre el asfalto, el cuenta-kilómetros (la aguja pasaba ya de los ciento veinte) y el delicioso perfil de Teresa, mientras con una mano se agarraba firmemente al cristal delantero, y mantenía el otro brazo sobre el respaldo del asiento de la muchacha. “¿Te gusta correr?”, le gritó Teresa. Él asintió vagamente con la cabeza. Sentía en las sienes el golpeteo de su propio cabello atezado y en el rostro la furia del viento pegándose, adheriéndose a la piel como una máscara cálida, mientras que en alguna parte un dulce zumbido iba en aumento y lo llenaba todo. La velocidad era cada vez mayor, y el zumbido se hacía cada vez más agudo y delgado, subía, subía primero por su vientre y luego por su pecho y de pronto inundó sus sentidos y se diluyó en una plenitud silenciosa, sideral, en una pueril emoción de luz de luna, de ingravidez…

De igual manera, El amante bilingüe es otra de mis obras favoritas de Marsé, en donde nos cuenta una vez más el sórdido romance entre dos personajes pertenecientes a estratos sociales diferentes. En esta novela, el escritor catalán nos narra una historia de amor que termina por despedazar la identidad y realidad de Marés, un músico vagabundo que estuvo casado con Norma, una mujer perteneciente a la alta burguesía catalana y asesora del departamento de política lingüística. A través de las drásticas transformaciones de Marés, el relato nos lleva por una crítica ácida a la sociedad catalanista, caracterizada por la esquizofrenia de una identidad nacional que reniega de todo aquello que es ajena a su normativa (especialmente en los aspectos relacionados a la lengua). Muestra de ello es la gradual locura de Marés, quien termina por asumirse como Faneca, un chulo charnego que busca seducir a como dé lugar a la esposa de Marés. Al final, todo termina en la paródica apoteosis del Torero enmascarado, un personaje que se define como mestizo y que retrata con sorna los prejuicios más evidentes de una Barcelona incómoda.

Pué mirizté, en pimé ugá me’n fotu e menda yaluego de to y de toos i així finson vostè vulgui poque nozotro lo mataore catalane volem toro catalane, digo, que menda s’integra en la Gran Encisera hata onde le dejan y hago con mi jeta lo que buenamente puedo, ora con la barretina ora con la montera, o zea que a mí me guta el mestizaje, zeñó, la barreja el combinao, en fin, s’acabat l’explicació i el bròquil, echusté una moneíta, joé, no sigui tan garrapo ni tan roñica, una pezetita, cony, azi me guta, rumbozo, vaya uzté con Dio i passiu-ho bé, senyor…

No me queda más que invitarlos a adentrarse en las novelas de Marsé y desantrañar esos detalles que sólo la lectura puede dar.

Pintura: Desnudo de mujer con sombrero, Ernst Ludwig Kirchner.

Cuando Shakespeare se hizo cool

Autor: Daniel Álvarez Bermúdez

Introducción

En la actualidad cualquier fanboy con una cuenta en alguna de las tantas redes sociales y acceso a un sitio de blogging se erige como representante de los estudios en Cultura Pop. No es nada nuevo, ni tampoco despreciable, ya que si tomamos en cuenta las horas invertidas frente a Netflix o con los oídos pegados a listas de Spotify con música de los 80s, 90s y más posmo, podríamos decir que los estudios de este nuevo tipo de “erudito” iluminan sobremanera las vivencias del consumidor de espectáculos de la sociedades mediáticas (en la línea de Debord).

Sin embargo, esto no es una diatriba contra nuestros amigos coolturetas, ni un intento por analizar su comportamiento, sino el análisis de un fenómeno literario que desde hace unos años se aloja en Tumblr: los maravillosos Pop Sonnets (https://popsonnet.tumblr.com/).

En un principio, la imagen encabezado de Shakespeare y el estigma contemporáneo de la palabra Pop me dieron la impresión de que el sitio se trataba de uno más de los rollitos de algún chico buena onda de las redes sociales; sin embargo, cuando me di el tiempo de leer algunas de sus re-composiciones, quedé sorprendido por la habilidad poética de Erik Dridiksen, autor del material comentado.

Básicamente, Pop Sonnets se trata de relaboraciones poéticas de famosas canciones de personajes como Ariana Grande, Taylor Swift, Britney Spears, Maria Carey y más exponentes de la misma línea. Cabe preguntarse, ¿cuál fue la particularidad de los Pop Sonnets como para traerlos a cuento?

Pues bien: el autor de estos sonetos no sólo es uno de esos tipos bastante ingeniosos y con talento que saben explotar el nicho comercial, sino también un auténtico artista (en la misma línea de Warhol) que transformó melodías de compositores pop a un estilo de verso muy particular del Renacimiento literario en lengua inglesa, es decir a pentámetros yámbicos, unidad de composición del soneto isabelino.

Este simple hecho ya merece un poco de reflexión posmoderna y mucho de aplicación sobre estudios literarios a una obra que ya se ha convertido en fenómeno editorial en fechas recientes. Desde luego, quisiera énfasis en los siguientes aspectos: autor y obra. ¿Por qué? Sin la fanfarronería de muchos actores mediáticos de la web 2.0, este tipo de creadores le brindan a la literatura nueva sangre, que sin ser exclusivamente popular, reviste las galas de lo que ahora consideramos formas cultas.

En síntesis, puede decirse que convergen el género formal e informal: pastiche y tradición se dan cita en un entorno paródico y fiel a las instituciones de la poesía universal, como parte del cultivo de un género que lleva poco más de medio milenio establecido en el nicho literario.

 

“Tus días son tus sonetos”

Argumentar extensamente sobre el hecho de si los Pop Sonnets son o no son literatura (“be or no to be: that is the question”) me parece un poco forzado, pero la respuesta es obvia: sí, lo son. Varios son los argumentos para sustentar la afirmación; sin embargo, basta el desarrollo y el planteamiento de uno sólo para articular un análisis concreto y válido: los Pop Sonnets pertenecen a una tradición poética identificable y con bastante trayectoria académica en los estudios de historia literaria. Desde luego hablamos del soneto, género que tuvo su origen en Sicilia durante el siglo XIII y que fue cultivado y popularizado por los poetas pertenecientes a Il Dolce Stil Nuovo. Su paso a la tradición inglesa derivó en el llamado soneto isabelino o inglés, base de donde parten las creaciones de Dridiksen.

El punto de partida de este análisis se encuentra en el encabezado de la página de Pop Sonnets y en el título mismo del blog: “Pop Sonnets: Old twists on new tunes, every Thursday”. Traducido e interpretado como “un giro tradicional para nuevas melodías”, el encabezado anuncia la poética de los textos de manera breve y explícita. Como ya se mencionó, los Pop Sonnets son letras de canciones de compositores como Taylor Swift adaptadas a la estructura del soneto inglés: por un lado se encuentra con un elemento de la Tradición Literaria (soneto) y por el otro la referencia a un elemento de la Cultura Pop (canciones de la industria discográfica y radiofónica), ambos con particularidades que abordaré desde criterios lingüístico – enunciativos e históricos – sociológicos.

 

¿Qué sabemos sobre los orígenes del soneto?

El soneto es un tipo de composición poética formada por 14 versos endecasílabos, divididos en 4 estrofas en la versión moderna introducida por el italiano Petrarca: las dos primeras de 4 versos cada una y las dos últimas de tres versos cada una, con una rima consonante del tipo abba – abba para los cuartetos (una octava) y variable para los tercetos (sexteto en doble rima o triple rima).

Algunas hipótesis plantean que el soneto tiene su origen con el siciliano Giacomo de Lentini, de quien se conservan 21 sonetos, escritos entre 1230 y 1243. En los textos que se conservan de este autor, la forma original plantea una estrofa de siete versos, cada uno compuesto por dos hemistiquios endecasílabos; la rima de esta composición planta una interna y una final, bajo la configuración ab, ab, ab, ab, cd, cd, cd.

A su vez, existe la hipótesis de que el soneto se trata de la evolución de la estrofa de la canción cultivada por los provenzales, aunque es difícilmente comprobable o posible de desarrollar en una teoría sólida que dé muestras de tal.

Si bien extenderse sobre un estudio filológico sobre el soneto no es mi intención, con el nombre de Lentini se institucionaliza el origen del género en la literatura académica y el origen del género mismo. La estructura arcaica propuesta por el siciliano sería la base sobre la cual Petrarca desarrollará las bases para el soneto 4/3, implementado la rima de los cuartetos en abba (lo cual incluso es discutido por diversos teóricos que hacen hincapié en la diferencia entre el quattordici y el soneto, por lo que la discusión es aún más abundante e interesante): el tipo de versificación se mantiene en los poetas del Dolce Stil Nuovo, aunque con algunas variables mínimas en los tercetos, y puede comprobarse esto en los sonetos de Dante Alighieri y Guido Cavalcanti.

 

¿Pero qué le ocurre al soneto en su paso a la lengua inglesa?

Se habla de Thomas Wyatt como el introductor del soneto en Inglaterra. Las alteraciones hechas por este poeta a la estructura petrarquista son considerables, a pesar de conservar –aparentemente– el ordenamiento 4/3. A esta nueva tradición que comienza a gestarse en la lírica inglesa, inaugurada con las traducciones que Wyatt hizo de los sonetos de Petrarca, se le conoce con el nombre de soneto isabelino. Años más tarde, Shakespeare hará radicales las diferencias con la forma italiana y dará identidad plena a la forma en lengua inglesa. Sin embargo, es preciso señalar cuáles son las características propias del isabelino y por qué motivos difiere de la estructura popularizada por los poetas del Dolce Stil Nuovo.

 

Traducción, adaptación y continuidad: reelaboración del soneto

En las traducciones que Wyatt hizo de los sonetos de Petrarca, se respeta el esquema italiano abba-abba para los cuartetos en la mayoría de las composiciones, conservando la octava; sin embargo, los tercetos desaparecen y con ello la unidad del sexteto, para dar paso a un cuarteto y un pareado. ¿A qué se debe la transformación métrica del soneto isabelino?

Como ya se señaló, el primer factor es la traducción del italiano al inglés, hecho que modifica el tipo de verso empleado de manera definitiva: de ser versos endecasílabos, se pasa al verso decasílabo o pentámetro yámbico, que se empleará hasta nuestros días en el soneto isabelino. Otras de las modificaciones es el tipo de rima señalado, debido a las posibilidades expresivas del inglés: es usual encontrar en Wyatt el esquema abba-abba-cddc-ee.

Estos hechos no deben pasarse por alto: al igual que Lentini fue el precursor del soneto italiano perfeccionado por Petrarca, Wyatt da la pauta para que Henry Howard, otro traductor posterior de Petrarca y el primero en traducir la Eneida al inglés, establezca la forma definitiva del isabelino o soneto shakesperiano. El nuevo esquema rítmico introducido por Howard, quien con anterioridad ya había usado el verso blanco (pentámetro yámbico) en sus composiciones y que retoma con modificaciones para los sonetos, se da de la manera abba-cddc-effe-gg (popularizado por Shakespeare). Cabe señalar que ambos poetas ingleses trabajaron sus traducciones y sonetos propios con la influencia de Petrarca en mente.

 

Taylor Swift y el verso de arte mayor

Es posible profundizar más sobre las diferentes etapas históricas y marcos de referencia a través de los cuáles interpretar las transformaciones del soneto, pero sería de una extensión inverosímil un estudio con tales aspiraciones. Sin embargo, es posible acercarnos brevemente a los Pop Sonnets, composiciones poéticas con una chispa de genialidad para esta época que adora la ironía y el pastiche como recursos poéticos en todas las artes contemporáneas. ¿Por qué no trasladar canciones de Taylor Swift a pentámetros yámbicos y cantarlos al son de la cítara?

En una sociedad mediática como la nuestra, el uso de recursos de la cultura pop en las artes contemporáneas ya es un elemento más que agotado; pero al incorporar este pequeño guiño de la cultura clásica de lengua inglesa a la cultura pop, la intención de los Pop Sonnets adquiere múltiples sentidos, que van desde la parodia hasta el homenaje, creando vasos comunicantes entre las instituciones de la industria musical y las instituciones literarias.

Fernández Porta ya hace tal distinción entre lo seriamente frívolo y lo frívolamente serio como una de las condiciones de la producción artística de nuestro tiempo. No obstante, considero que los Pop Sonnets son una reivindicación satírica más del clasicismo y la alta cultura, pues no es lo mismo una canción de Taylor Swift que una canción de Taylor Swift en versos de arte mayor. Detrás de estos últimos respira una tradición.

La magia de la poesía de Joaquín Sabina

Autor: Daniel Álvarez Bermúdez

Joaquín Sabina es uno de los grandes exponentes contemporáneos de la lírica española, con una larga trayectoria literaria y musical que rebasa fronteras y llega a todos los rincones del mundo. Su fama y talento como cantautor lo han catapultado a encabezar la listas de éxitos y a ser reconocido por un público compuesto de todas las edades. En la Villa de los Papiros nos encanta su obra poética, por lo que te dejamos 3 poemas de este grandioso escritor, pertenecientes a su libro “Ciento volando catorce”.

Alrededor no hay nada

El moño, las pestañas, las pupilas,
el peroné, la tibia, las narices,
la frente, los tobillos, las axilas,
el menisco, la aorta, las varices.

La garganta, los párpados, las cejas,
las plantas de los pies, la comisura,
los cabellos, el coxis, las orejas,
los nervios, la matriz, la dentadura.

Las encías, las nalgas, los tendones,
la rabadilla, el vientre, las costillas,
los húmeros, el pubis, los talones.

La clavícula, el cráneo, la papada,
el clítoris, el alma, las cosquillas,
esa es mi patria, alrededor no hay nada.

Socorro pido

Si nos hundimos antes de nadar
no soñaran los peces con anzuelos,
si nos rendimos para no llorar
declarará el amor huelga de celos.

La primavera miente y el verano
cruza como un tachón por los cuadernos;
la noche se hará tarde, tan temprano,
que enfermarán de otoño los inviernos.

Cuando se desprometen las promesas,
la infame soledad es un partido
mejor que la peor de las sorpresas.

Si me pides perdón socorro pido,
si te sobra un orgasmo me lo ingresas
en el banco de semen del olvido.

Puntos suspensivos

Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.

Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…

Pintura: La vie de bohème, Alfred Pages.

Lectura adicional: