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Hachiko, el perro fiel (Hachi: A Dog’s Tale, 2009)

Autora: Mónica Encinas Fons

Después de nuestra primera entrega fílmica Un gato callejero llamado Bob, donde podemos ver un hermoso ejemplo de un gato leal a su dueño, esta vez nos centraremos en la fidelidad de un perro japonés de raza akita, cuyo nombre era Hachiko. Esta película fue un remake de otra de 1987 titulada Hachiko Monogatari, dirigida por Seijiro Koyama, en la que se cuenta la historia del perro (desde su nacimiento hasta su muerte, con un reencuentro espiritual con su amo). En esta ocasión, la historia se ubica en Estados Unidos y narra la relación entre el perro y el profesor de música -interpretado por Richard Gere- en una época más actual.

Esta historia está basada en la historia de real de Hachiko (1923-1935) y el profesor Eisaburo Ueno, en la que se nos cuenta la rutina de este perro que le acompañaba a la estación de trenes de Shibuya, para despedirse de su amo todos los días cuando se dirigía al trabajo, así como al final del día para recibirlo en el mismo lugar y a la misma hora, hasta nueve años después de la muerte de su dueño -producida por un paro cardíaco mientras daba sus clases en la Universidad de Tokio-, en 1925. Quienes frecuentraban esa estación llamaban a Hachiko el perro fiel, debido a su demostración de lealtad infinita.

En abril de 1934, una estatua de Bronce fue erigida en esa misma estación en presencia del perro. Un año después, el 9 de marzo de 1935, Hachiko murió de un cáncer terminal y una filarisis en el corazón frente a la estación, siempre con la esperanza de que su amo fuera a buscarlo para regresar a casa.

Portada: Fotografía de Hachiko (1935).

Enlace a la película:

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Un Gato Callejero Llamado Bob: una segunda oportunidad de vida

Autora: Mónica Encinas Fons

Hay películas que marcan nuestra vida por los valores humanos que desprenden; esta es una de ellas. James Bowen, músico callejero de Londres y adicto a la heroína y la metadona, se cruza un día con Bob, un gato abandonado y herido. En ese preciso momento, entablan una sincera amistad que les hará convertirse en compañeros de viaje y avanzar paso a paso en el duro proceso por abandonar las drogas de su dueño.

Pintura: L’enfant au chat, Pierre Auguste Renoir