La espera y la memoria del otro en la poesía de Pedro Salinas

A Mónica Encinas Fons

Dos de los temas más recurrentes que he encontrado a lo largo de la poesía de Pedro Salinas son la espera de la amada y cómo esta espera estimula la memoria poética del otro, a manera de un otro reconstruido a partir de una serie de elementos oníricos, inefables e impalpables. Un puro éter. Estas observaciones comenzaron tras comenzar a leer un conjunto de textos de Salinas editado bajo el nombre “Víspera del gozo y otros textos del arte nuevo” de la colección Letras Hispánicas de Cátedra. Cabe señalar que estos documentos se encuentran escritos en prosa, una faceta de Pedro que desconocía completamente y que ha ayudado a echar luz en la producción de este poeta. Y a decir verdad, aunque formalmente es completamente diferente a su producción poética en verso, su prosa a penas difiere en cuanto a los contenidos, los valores y los elementos temáticos. Esto me sorprendió, pues la unidad de la obra de Salinas se encuentra consolidada por elementos perfectamente reconocibles.

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Así fue como pude llegar a estos dos elementos ya señalados en el título: la espera y la memoria del otro como puntos en donde confluye la obra poética de Pedro. Los ejemplos más claros de estas dos etiquetas las encuentro en el poema (ya que así fue titulado) “La voz a ti debida”, que puede considerarse como una serie de variaciones acerca de una misma emoción: el ser amado. Esta obsesión de Salinas es una especie de ritornello constante que se teje a lo largo de 70 composiciones. Sin embargo, mi curiosidad se despertó cuando leí un texto llamado “Aurora de verdad”, que se encuentra en “Víspera del gozo y otros textos del Arte Nuevo”, en donde Salinas narra su encuentro con Aurora y el reconocimiento de otra Aurora hecha de la memoria de Aurora, tan diferentes entre sí y de presencias contrapuestas: material e inmaterial. Una soñada y una real.

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Así es como empieza “Aurora de verdad”: “Como la hora señalada eran las diez, Jorge se despertaba las ocho y media. Lo primero que se encontraba, allí a su lado, enorme e impalpable, era la ausencia de Aurora. Ausencia por un momento inexplicable, ya que su amada estuvo toda la noche junto a él, más efusiva y cariñosa que nunca y no había motivo para que ahora, precisamente al abrir los ojos, dejara de verla…”.

La Aurora del sueño es aquella que desaparece a penas abre los ojos el amante, buscando por todas partes esa Aurora que se encontraba en su lecho por la noche, antes del amanecer. Esto me recuerda a uno de los textos de “La voz a ti debida”. A continuación un fragmento:

El sueño es una larga
despedida de ti.

¡Qué gran vida contigo,
en pie, alerta en el sueño!

¡Dormir el mundo, el sol,
las hormigas, las horas,
todo, todo dormido,
en el sueño que duermo!

Menos tú, tú la única,
viva, sobrevivida,
en el sueño que sueño.

Pero sí, despedida:
voy a dejarte cerca,
la mañana prepara
toda su precisión
de rayos y de risas.

Afuera, afuera, ya,
lo soñado flotante,
marchando sobre el mundo,
sin poderlo pisar,
porque no tiene sitio,
desesperadamente.

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Es la mañana el momento de separarse de la amada, ese instante en el que se cobra conciencia de la naturaleza de onírica de Aurora; no obstante, el encuentro con la amada de día, aquel ser material tan diferente a su forma nebulosa, comienza a cobrar sentido. La espera para volverse a encontrar con el ser de los sueños se vuelve una realidad y va cobrando sentido a lo largo de la espera y de lo que ocurre durante esta. En “Aurora de verdad” queda patente de la siguiente manera:

“Pero al llegar frente al cuaderno, dietario, antes de coger la pluma le saltaba a la vista la última frase escrita la noche anterior: “Mañana, a las diez, cita con Aurora”. Y ante el descubrimiento que ese mañana mañana de anoche ya estaba logrado y maduro, como una ciruela en su rama, colgado de los árboles del square, balanceándose sin prisa en el cielo, de que esa mañana era hoy, la tranquilidad renacía con la conciencia, y Aurora, como uno de esos objetos que nos caen de las manos, pero que logramos atrapar antes de que lleguen al suelo, aparecía sin haberse realmente perdido”.

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SI bien “Aurora de verdad” ilustra en su totalidad el despertar, la aurora, tras la noche pasional con el ser amado, la espera es significativa. Tal vez de ahí el título de “La Víspera del gozo…”, al concentrarse en ese tiempo que se encuentra entre la separación y el reencuentro como punto vital de la memoria poética. ¿Qué es lo que va encontrando el poeta mientras se aproxima el placer de retornar a los labios de Aurora? Nada más que fragmentos del día a día, cosas y situaciones en las que se ve reflejada, aunque sólo de manera indirecta. Esto me recuerda a uno de los más célebres versos de “La voz a ti debida”:

Jamás palabras, abrazos
me dirán que tu existías,
que me quisiste: jamás.

Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.

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Hay una memoria aparte en donde vive la amada, lugar donde resucitan todos los anhelos, las pasiones y sensaciones del poeta. No esta la presencia ya de “Aurora”, sino todo aquello que ahora le da significado. Todo esto se va descubriendo poco a poco, mientras pasa la vida y se reencuentra con una figura salida de un vasto rincón de los recuerdos. En “Aurora de verdad” esto se manifiesta así:

“Y aunque la reunión con Aurora era para treinta minutos más tarde, en cuanto salía al bulevar empezaba ya encontrársela. Porque no hallaba a Aurora de pronto, de una vez, por súbita aparición ante la vista, sino poco a poco, por lentos avances, como da el filósofo con la verdad…”

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Esta Aurora” es una diferente a la mujer de la cita: es el regocijo de la espera. ¿No es acaso uno de los más espacios más creativos del poeta, esa cita que de cualquier manera llegara? Es interesante cómo logra reconstruir otra persona diferente, hecha de todo aquello que está en el intermedio. Comienza a dibujarse otra, una figura que conserva los atributos esenciales. En este sentido, una manera de ilustrarlo con claridad son los versos de “Se te está viendo la otra”:

Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
los pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos
todos manchados de estrellas.

Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!

Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.

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El poeta da vida, a la manera de Galatea, a otro ser impalpable, hecho más de él mismo y de su sensaciones, tan diferente de la “Aurora” real, la que espera en el museo. Y es en esta presencia de lo ausente, esta recreación de lo que se ama, el sitio que escogen las palabras para delinear una silueta, un ser imaginado más que idealizado. Esa compañía como la sombra de nuevo aparece en “La voz a ti debida”, cuando el poeta se ve acompañado por otra persona más liviana, capaz de reproducir la piel, la sonrisa, la compañía del ser amado:

¡Qué paseo de noche
con tu ausencia a mi lado.

Me acompaña el sentir
que no viene conmigo.

Los espejos, el agua
se creen que voy solo;
se lo creen los ojos.

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La memoria se desencadena y comienza la nostalgia, esa esencia a la que tanto recurre Salinas como si se tratara de una droga. Este es, a mi parecer, uno de los vicios de su poesía, si bien es lo que más me gusta. ¿En dónde quedó todo aquello que una vez se amó la noche anterior, hace tres semanas, hace un año o hace un momento? Esa huella que sobrevuela la presencia está todo el tiempo en el mundo de lo posible, en la realización de las cosas. Ese eterno “y si…”. Conjurar al ser amado más allá de la carne:

Dime, ¿por qué ese afán
de hacerte la posible,
si sabes que tú eres
la que no serás nunca?

Tú a mi lado, en tu carne,
en tu cuerpo, eres solo
el gran deseo inútil
de estar aquí a mi lado
en tu cuerpo, en tu carne.

Edward Hopper - Tutt'Art@

Sin embargo, el hechizo, el sueño, acaba a penas llega “Aurora de verdad” y no ese ser inasible que se vuelca hacia su irrealidad una vez presentidos los labios auténticos, la sonrisa de todos los días. Hay en ese reconocimiento del ser amado una tranquilidad y un desengancharse, momentáneamente” del ser encantado que su memoria y fantasía al fin redujeron a un mero ejercicio poético. Y mientras llega, los nervios, la expectativa antes de despertar y encontrarse con ese ser inevitable:

“Sí, ella tenía que ser. Pero mientras Jorge inclinaba su última duda sobre la silueta fugitiva y perdida, Aurora, sin que él la sintiera, había entrado en la sala. «Vengo un poco tarde, ¿verdad?». Retumbaron las palabras por encima de aquellos paisajes desiertos, llegaron a Jorge amplificadas, prolongadas por el eco que suscitaron en un Amanecer entre rocas que había colgado a la izquierda… Y lo que tenía delante, intacta y novísima, en la virginal pureza del paraíso, tendiéndole la mano, contra costumbre sin guante, era la vida de hoy, la Aurora de verdad”.

Pintura de portada y pinturas de la entrada:  Edward Hopper.

 

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