Camil Petrescu, el padre de la novela moderna rumana

Tras una breve pausa en la Villa de los Papiros, retomamos las habituales publicaciones sobre literatura universal. En esta ocasión quisiera hablar de un novelista rumano que, hasta hace algunos meses, era un completo desconocido para mí. Además de Cioran y Mircea Eliade, ¿qué otro nombre nos viene a la memoria cuando buscamos representantes de la literatura en Rumania?

Camil Petrescu nació en Bucarest un 9 de abril de 1894, en el seno de una familia ausente,  ya que se sabe que su padre murió antes de su nacimiento y que perdió a su madre poco después de haber visto la luz. No obstante, logró sobresalir como un estudiante aplicado, además de mostrar un talento evidente para la literatura. Se sabe que su primer poema lo compuso durante la escuela secundaria; a partir de entonces, dedicaría un especial cultivo a este género literario a lo largo de su vida, publicando cuatro libros de poesía. Pero su carrera dentro de la literatura daría un auténtico vuelco con su primera novela Última noche de amor, primera noche de guerra, en donde narra los recuerdos sobre su participación en la Primera Guerra Mundial, conflicto que supuso una auténtica catástrofe para su país. De igual manera, incursionó dentro del ámbito del teatro, con 8 obras de teatro que lo posicionaron como una de las figuras más representativas de la dramaturgia de su país. A raíz de esto, fue nombrado director del Teatro Nacional de Bucarest en 1939.

El lecho de Procusto

Sin embargo, la novela que lo catapultó a la fama dentro de los círculos literarios e intelectuales de su país fue El lecho de Procusto,  una obra en la que se nos narra una historia de amor contada a través de cartas y relatos autobiográficos que ponen de manifiesto la condición irracional y caótica de la pasión. Traducida al castellano en 2007 para Editorial Gadir, esta novela llegó a mis manos cuando aún era un estudiante universitario y me encontraba en pleno descubrimiento de otros novelistas modernos como Albert Cohen o William Faulkner. En esa ocasión, lo que llamó profundamente mi atención fue el título, que me remitía al mito de Procusto, un ladrón que vivía una colina donde ofrecía hospedaje a los caminantes, para después torturarlos.

El suplicio por el que hacía pasar a sus víctimas consistía básicamente en amordazarlos y amarrar cada una de sus extremidades a las esquinas a un lecho hierro: si sus brazos, piernas o cabeza sobresalían de la cama, Procusto se las cortaba con el fin de hacerlos encajar; pero si sus extremidades eran demasiado quedaban demasiado pequeñas, las estiraba hasta despedazarlos.

Y esta es precisamente la metáfora detrás de esta magnífica novela epistolar de Petrescu: la tragedia amorosa de Ladima y Emilia, y la pasión frustrada entre la señora T. y Fred Vasilescu. Cada uno de los testimonios contados por los amantes se ajustan a su propia realidad y sensibilidad acerca del amor, pareciendo contradictorios e incompatibles entre sí al compararlos. Más que un retrato fiel del ser amado, nos encontramos ante un ser ideal, forzando al personaje de carne y hueso a encajar en un hechizo de pura ilusión. Así, esta novela nos cuenta el amor ciego del periodista y poeta Ladima por Emilia, una actriz de cuarta que ejercía la prostitución como modo de vida; no obstante, a los ojos del escritor, Emilia aparecía como una mujer intachable y de talento excepcional, procurando y cumpliendo los caprichos de esta, a pesar de saberse engañado e intuir a la verdadera mujer que se ocultaba detrás de su imagen idealizada. De igual manera, la pareja de la Señora T. y Fred Vasilescu aparece con diferentes matices y versiones de los hechos, llevando al lector a preguntarse quién de los personajes lleva la razón y nos cuenta la verdad. Al final, ambos llevan la verdad a su manera, mostrándonos una cara diferente del mismo amor.

Imagen: Catrina, Nicolae Tonitza, pintor rumano

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