Cuando la rabia nos ciega: De la Cólera de Séneca

El texto que están por leer es más bien anecdótico e inspirado en la ficción, antes que formar parte de algún estudio filológico. Y queda así dicho porque tengo un serio problema con la rabia y las consecuencias posteriores al desplante de mi enojo. De temperamento voluble desde que tengo vida, mi carácter es una mierda, literalmente. Entiendo perfectamente que a la gente le moleste muchas veces mi manera de ser tan caótica en algunos aspectos. Tampoco es que me sienta orgulloso de ello: los defectos en muchas ocasiones deben ser reconocidos para trabajar sobre ellos. En este sentido, adolezco de rabia y mantenerla bajo control es algo complicado. Tal como señala Séneca en su tratado sobre la ira, a primeras de percibir la primera chispa, es mejor mantenerme bajo control, máxima que ocupo generalmente cuando siento que puedo perder los estribos:

Lo mejor es desdeñar inmediatamente el primer aguijonazo de la cólera y luchar contra sus mismos gérmenes y poner el empeño en no caer nosotros en la ira. Pues si ha empezado a extraviarnos, difícil es el regreso al equilibrio, dado que nada de razón queda donde ya la pasión se ha infundido y algún derecho le ha sido otorgado por nuestra voluntad; hará del resto cuanto se le antoje, no cuanto le consienta.

Sin embargo, hay ocasiones en las que me dejo cegar y entonces el problema es realmente serio, al menos para mí. ¿Cómo mantener bajo control al caballo desbocado, someter esa energía que da tanto calor? Y no es que sea un tipo violento, pero no puedo negar que la cólera me transforma. Comienzo a ser otro, es una auténtica posesión. Es quizá la mejor hermana de la soberbia. Tal vez tenga en cuenta a Séneca cuando dice:

Ni tampoco debe pensarse que la ira confiere algo a la grandeza de espíritu; no es, en efecto, ella grandeza, sino hinchazón; ni en los cuerpos henchidos en el exceso de humor nocivo su enfermedad es su gordura sino una sobra dañina. A todos los que un extravagante sentimiento los alza por encima de los derechos humanos se creen aspirar a algo excelso y sublime: mas nada firme hay bajo sus pies, sino que son proclives al desplome las cosas que sin cimientos crecieron.

No obstante, cuando el enojo es contra alguien, la cosa puede ponerse seria, más si esa persona es igual de rabiosa que yo. Pienso entonces que cualquier falta de los otros o alguna acción que creo injusta tal vez no sea para tanto. A fin de cuentas, tanto me equivoco yo como ellos. ¿A qué puede llevarme un arranque de ira contra los demás? La pregunta es mejor no averiguarla. Prefiero pensar en aquello que dijo el filósofo estoico de la corte de Nerón:

Si deseamos ser jueces equitativos en todos los asuntos, de esto lo primero persuadámonos, que nadie de nosotros está sin culpa; de aquí, efectivamente, la mayor indignación: “Nada he hecho mal” y “Nada he cometido” ¡Ciertamente, nada confiesas! Nos indignamos cuando castigados con alguna reconvención o reprimenda, siendo así que en ese mismo instante erramos, por cuanto agregamos a nuestros entuertos la arrogancia y la contumacia.

Así pues, de vez en cuando me doy una vuelta por la sabiduría de este magnífico autor romano, para averiguar un poco más sobre la manera de domar esa bestezuela que tanto daño hace cuando se sale de la jaula a destrozar. ¿No es acaso la cólera una de las peores consejeras?

Pintura: Vesuvius erupting at night, William Marlow

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