La Mu´allaqa de Imru´l Qays, un prólogo amoroso ejemplar en la literatura árabe

Autora: Mónica Encinas Fons

Antes de comenzar a ilustrar la belleza de semejante poema, mis palabras se centrarán en el agradecimiento eterno a la que me enseñó por primera vez esta literatura embriagada de erotismo en toda su plenitud. Pues, desde ese momento, no he dejado de leer por las noches la poesía árabe de la época preislámica. Esta vez hablaré de un poeta beduino -poeta que recorre el desierto como un nómada, con el fin de luchar contra sus enemigos y que se rige por el código del honor y deshonor-, Imru´l Qays (muerte 540), que fue conocido por ser “El rey errante”, al proponerse vengarse de los que asesinaron a su padre, así como también sabemos que Justiniano se dio cuenta de las miradas amorosas entre su hija y nuestro autor, por lo que hizo que, antes de marcharse, se le entregase una túnica envenenada, recuerdo del mito de Heracles y el centauro Neso.

Sin embargo, si de algo conocemos su obra, es por el primer prólogo amoroso (Nasib) en dicha lengua, donde nos describe que Imru´l estaba agazapado en una especie de duna en la que podía ver a unas mujeres desnudas que se bañaban. Este prólogo se diferencia de los demás en romper la norma: habla de varias amadas, además de observarse claramente cuatro partes imprescindibles del nasib: la descripción física de la amada; el hecho de estar montado en caballo y hacer un alto en el campamento de su amada; la descripción de las ruinas; y por último, el llanto ante las ruinas, constante en esta poesía.

 

Hagamos un alto y lloremos en recuerdo de la amada
y una morada cerca del bancal entre Dajl y Hawmal.
Los vientos del Norte y del Sur, Tudih y Miqrat,
han tejido en los patios, sin borrar sus huellas,
excrementos de gacela como granos de pimienta.

La mañana en que ella partió yo mascaba coloquíntida por las acacias del aduar.
Mis compañeros detuvieron junto a mí sus monturas:
Contente, no caigas en la aflicción.
Mi consuelo es dejar correr las lágrimas;
más, ¿Acaso consuelan unas huellas borradas?
¿No cortejaste antes a Umm al-Ribab en Mas´al?

Cuando ellas se levantaban esparcían bocanadas de almizcle,
aroma de clavo transportado por el céfiro y,
al dejarlas, tanto lloraba que llegué a mojar de lágrimas el cinto.
Con ellas pasé días maravillosos,
pero el mejor fue el día de Darat Yulyul.

Ese día maté a mi caballo para ofrecérselo a las muchachas
que se disputaban los trozos de carne,
yendo y viniendo la grasa de unas a otras como jirones de seda,
entré en el palanquín de Unayza.
Baja, dijo, si no lo haces tendré que hacerlo yo.

El palanquín se balanceaba bajo nuestros cuerpos.
Baja, Imrul Qays, el animal sufre.
Yo le respondí: suéltate brida. No me alejes de tu codiciado fruto.
Antes he visitado a mujeres como tú, incluso encintas,
que dejaban al recién nacido con sus amuletos.
Girándose, si lloraba, tan sólo de medio cuerpo para arriba.
Una se me resistió una vez en lo alto de la duna
pretextuando una promesa indisoluble.

Calma, Fátima, aunque hayas decidido romper vete poco a poco;
¿o te gusta ver como tu amor me mata, como mil corazón te obedece en el acto?Pretextando una promesa indisoluble.

Calma, Fátima, aunque hayas decidido romper vete poco a poco;
¿o te gusta ver como tu amor me mata, como mi corazón te obedece en el acto?

Si por algo me odias, separa nuestros vestidos
y verás que están hechos de la misma trama.
Tus ojos sólo lloran para mejor lanzar sus dardos
que han herido de muerte a un corazón desgarrado.

Con otras mejor guardadas disfruté en una alcoba infranqueable
atravesando una tropa de guardianes atentos para matarme.
Entré cuando en el cielo se desplegaban las pléyades
como juego de perlas en collar ensartadas.

Ella se había quitado la ropa, sólo llevaba una llevaba una ligera túnica.
No, por Dios, tus tretas no valen aquí, dijo,
veo que no cejas en tu seducción.

Me la llevé en seguida abriéndole camino
mientras con su manto ella iba borrando las huellas del suelo.
Cuando atravesamos la plaza del aduar
y alcanzamos el fondo de un vado rodeado de dunas,
con las manos en las sienes, la incliné hacia mí:
fina cintura, pierna exuberante, llena de ajorcas.

Blanca y esbelta, prieta. Su pecho era liso y pulido como un espejo,
reflejos de rechazo o deseo en un rostro liso.
Su ojo, tierno como el de la fiera de Wajrah para con su cría.
Su cuello tan hermoso como el de la gacela, delicado al alzarse, sin abalorios.
La cabellera abundante y muy negra, engalanando la espalda,
rica como rama de palmera cargada de frutos.
Sus rizos rebeldes son indómitos y enredan los lazos del pelo
en una ola de ondas encabalgadas.
Costados delicados, maleables como cuerda trenzada.
Una cepa hincada en tierra regada en su pierna.

Duerme, el sol en alto, ligera de ropa,
copa desparramados de almizcle sobre su lecho.
Extiende sus tiernos, suaves dedos, como larva de Zuby o palillis de Ishal.
Luce en el ocaso como lámpara de monje en la noche.
Los hombres criados entre corazas y escudos
se enamoran de mujeres así, virgen blanca reluciente entre oros.

Otros insensatos la olvidan, más no yo.

Pintura: Hans Zatzka (1859-1945), Harem Entertainers.

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