Un insaciable recorrido por la poesía de Gonzalo Rojas

Si hay un poeta que marcó mi vida durante la universidad, ese fue Gonzalo Rojas. Con su singular estilo arrebatado, sensual y surrealista, la primera vez que el vate chileno me sedujo fue tras leer su célebre poema El fornicio. Mi reacción fue de asombro, al mismo tiempo que la curiosidad me llevó a seguir pasando las hojas por esa extraña antología. Tras ese breve impacto, recorrí lentamente esa sintaxis adulterada que invita al lector a seguir entre el ritmo de adjetivaciones delirantes e hiperbólicas, como si se tratara de flores recién abiertas, heridas de juventud. Y no fui solamente yo quien cayó rendido: todas las tardes, me rodeaba de aquellos viejos amigos a recitar alguno de sus poemas, mientras le dábamos algunos sorbos a botellas de cualquier licor barato y encendíamos unos cuántos cigarros de marihuana. Esa esa la verdadera historia de cómo fui arrastrado hacia el exceso de sus versos y comencé a buscar en todas las librerías varias de sus obras.

El fornicio

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras, te
lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!

No obstante, las cosas no quedaron así, ya que fue Gonzalo Rojas quien me inició en la poesía clásica de Ovidio, Catulo, Safo y Filóstrato. ¿Quien lo diría? Un autor latinoamericano de  lengua hispana dándome lecciones de literatura clásica, con una pasión que ninguno de mis profesores de latín o de literatura lograron por más que insistieron. Sólo me basta recordar su célebre poema Latín y jazz, dedicado a la trompeta de Louis Armstrong y a la poesía de Catulo. En mi imaginación todavía arden esas imágenes de opulencia barroca, muy propias de la pluma de Rojas.

Latín y jazz

Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong, lo reoigo
en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles
en el latín augusto de Roma con las trompetas libérrimas, lentísimas,
en un acorde ya sin tiempo, en un zumbido
de arterias y de pétalos para irme en el torrente con las olas
que salen de esta silla, de esta mesa de tabla, de esta materia
que somos yo y mi cuerpo en el minuto de este azar
en que amarro la ventolera de estas sílabas.

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor
del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito
de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma
y África, la opulencia y el látigo, la fascinación
del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí
y el infortunio de los imperios, vaticinio
o estertor: éste es el jazz,
el éxtasis
antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis,
Catulo mío,
¡Tánatos!

Con el paso del tiempo, Gonzalo Rojas se transformó en un imprescindible de mis escritores favoritos, y a cualquier persona que me pidiera una recomendación, no dudaba en decirle: empieza por leerte A unas muchacha que hacen eso en lo oscuro. Desde luego no sólo prodigaba elogios a su poesía por la mera sensualidad y lujuria, sino por esa extraña combinación de amor literario, místico y profano que derrocha en sus letras: la velocidad en las caricias físicas y la comparación constante del éxtasis con la naturaleza, nos llevan de la mano de Rojas a contemplar un espectáculo voyeurista, en el que podemos participar a penas con las pestañas y la palabra retumbando en la punta de nuestra lengua.

A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro

Bésense en la boca, lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio de los pelos, largo
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana
perversa,
y
áureas y serpientes ríanse
del vicio en el
encantamiento flexible, total
está lloviendo peste por todas partes de una costa
a otra de la Especie, torrencial
el semen ciego en su granizo mortuorio
del Este lúgubre
al Oeste, a juzgar
por el sonido y la furia del
espectáculo.

Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas de alto a bajo, jueguen
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, diástole y sístole
de un mismo espejo.
De ustedes
se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.

Finalmente, como es mi costumbre, no me queda más que invitarlos a leer a este gran poeta chileno y latinoamericano, autor de las fantasías líricas más ricas de la poesía latinoamericana del siglo XX.

Pintura: El sueño – Courbet

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