La rabiosa melancolía de Juan Marsé

Autor: Daniel Álvarez Bermúdez.

Vamos directo a la confesión del pecado: la primera novela que tuve entre mis manos de Juan Marsé fue Últimas tardes con Teresa, considerada por muchos una de sus mejores obras, incluso por encima del crudo y fascinante relato de Si te dicen que caí. Antes de continuar, también he de confesar que soy un novato en lo relativo a este autor, ya que hace poco más de un año que tuve la oportunidad de asomarme a su trabajo. Finalmente, debo decir en mi defensa que, desde el momento en que acabé las Últimas tardes, me es imposible alejarme de la lectura de este grandioso escritor catalán. Y es que a pesar de ser odiado por muchos y alabado por otros, el premio Cervantes es un indiscutible referente de la narrativa en lengua española del Siglo XX.

Si bien resultan polémicas muchas de las declaraciones de Marsé en temas como la política lingüística catalana o la crítica a la sociedad burguesa de la Barcelona de posguerra, Juan Marsé pinta magistralmente un retrato crudo de la naturaleza de las pasiones humanas y pone de relieve las denuncias más rabiosas de los de abajo. Personajes como el Capitán Blay o el mítico Daniel nos transportan a melancólicos parajes en los que la pobreza, la desigualdad y el horror de los crímenes humanos son parte del día a día.

Como ya he dicho, las Últimas tardes con Teresa fue la primera novela de Marsé que llegó a mis manos y quizá es mi favorita hasta el momento. En ella, se cuenta la historia del Pijoaparte, un joven charnego de los arrabales de Barcelona, y de Teresa, una joven universitaria encaprichada con los movimientos sociales obreros. Como puede suponerse, la historia de amor entre estos dos personajes es uno de los hilos conductores de la narración; sin embargo, nada más alejado de un romance idílico: el Pijoaparte es un ladrón de motocicletas con un fuerte espíritu arribista, capaz de mentir y pasar sobre su propia dignidad para complacer su anhelado ascenso a una sociedad que lo rechaza. A pesar de ello, sus sentimientos se revelan como profundamente auténticos y lo dotan de una sensibilidad particular que lo lleva a vivir su amor por Teresa de una forma tan pasional como cinematográfica, siendo este último aspecto uno de los más espectaculares de esta novela, pues en más de una ocasión Marsé pone en marcha escenas dignas de la pantalla grande. Un ejemplo de ello son los viajes en el descapotable de Teresa a toda velocidad, con su cabello suelto al aire a través de la noche y sus tersos labios acariciando las ráfagas de adrenalina de su cuerpo y el de Pijoaparte.

Teresa llevaba una blusa a rayas de cuello corto y un rojo pañuelo de seda que flotaba al viento con sus cabellos. Tenía la radio encendida y se oía un cha-cha-cha. El murciano, que nunca había experimentando la emoción de la velocidad en un coche sport, miraba alternativamente el haz de luz de los faros sobre el asfalto, el cuenta-kilómetros (la aguja pasaba ya de los ciento veinte) y el delicioso perfil de Teresa, mientras con una mano se agarraba firmemente al cristal delantero, y mantenía el otro brazo sobre el respaldo del asiento de la muchacha. “¿Te gusta correr?”, le gritó Teresa. Él asintió vagamente con la cabeza. Sentía en las sienes el golpeteo de su propio cabello atezado y en el rostro la furia del viento pegándose, adheriéndose a la piel como una máscara cálida, mientras que en alguna parte un dulce zumbido iba en aumento y lo llenaba todo. La velocidad era cada vez mayor, y el zumbido se hacía cada vez más agudo y delgado, subía, subía primero por su vientre y luego por su pecho y de pronto inundó sus sentidos y se diluyó en una plenitud silenciosa, sideral, en una pueril emoción de luz de luna, de ingravidez…

De igual manera, El amante bilingüe es otra de mis obras favoritas de Marsé, en donde nos cuenta una vez más el sórdido romance entre dos personajes pertenecientes a estratos sociales diferentes. En esta novela, el escritor catalán nos narra una historia de amor que termina por despedazar la identidad y realidad de Marés, un músico vagabundo que estuvo casado con Norma, una mujer perteneciente a la alta burguesía catalana y asesora del departamento de política lingüística. A través de las drásticas transformaciones de Marés, el relato nos lleva por una crítica ácida a la sociedad catalanista, caracterizada por la esquizofrenia de una identidad nacional que reniega de todo aquello que es ajena a su normativa (especialmente en los aspectos relacionados a la lengua). Muestra de ello es la gradual locura de Marés, quien termina por asumirse como Faneca, un chulo charnego que busca seducir a como dé lugar a la esposa de Marés. Al final, todo termina en la paródica apoteosis del Torero enmascarado, un personaje que se define como mestizo y que retrata con sorna los prejuicios más evidentes de una Barcelona incómoda.

Pué mirizté, en pimé ugá me’n fotu e menda yaluego de to y de toos i així finson vostè vulgui poque nozotro lo mataore catalane volem toro catalane, digo, que menda s’integra en la Gran Encisera hata onde le dejan y hago con mi jeta lo que buenamente puedo, ora con la barretina ora con la montera, o zea que a mí me guta el mestizaje, zeñó, la barreja el combinao, en fin, s’acabat l’explicació i el bròquil, echusté una moneíta, joé, no sigui tan garrapo ni tan roñica, una pezetita, cony, azi me guta, rumbozo, vaya uzté con Dio i passiu-ho bé, senyor…

No me queda más que invitarlos a adentrarse en las novelas de Marsé y desantrañar esos detalles que sólo la lectura puede dar.

Pintura: Desnudo de mujer con sombrero, Ernst Ludwig Kirchner.

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